Biofonías. Las imitaciones del estornino negro

Las imitaciones del estornino negro, un paisaje sonoro en la garganta. Sabemos, porque él mismo nos lo cuenta, que vive en una zona rural rodeada de sotos y matas arboladas. En una larga parrafada incorpora las imitaciones de algunas de las aves con las que comparte espacio vital: cigüeña blanca, gorrión común, cuco, grajilla, corneja, chova piquirroja, milano real, oropéndola, mochuelo y autillo. En la secuencia, el montaje muestra primero la imitación y, a continuación, la voz del imitado. En ocasiones la copia es perfecta; otras, como en el caso del cuco, parece una burla.
El estornino negro reinterpreta la banda sonora de su propio entorno.

Diario de un farero: e la nave va

Sálvora. Diario de un farero

Julio Vilches

Editorial Hoja de Lata

 

 Hace muchos años una campaña publicitaria mostraba a un farero -barba corta, jersey de cuello alto, fumador de pipa- mientras hacía los preparativos para lo que parecía iba a ser una larga temporada en solitario. Ropa, lectura, latas de comida y un gran tarro de cristal con café soluble: Nescafé para cien días.

El anuncio era eficaz porque enseñaba todos los tópicos que envuelven al mundo de los faros, sólidas linternas de piedra erguidas rompiendo la oscuridad del mar tenebroso, habitadas, como corresponde, por gente recia, austera, en un mundo de tempestades, melancolía y soledad. Y con esos tópicos a cuestas afronté la lectura de Sálvora, Diario de un farero, la particular crónica temporal de Julio Vilches, farero en la isla de Sálvora, en la boca de la Ría de Arosa y hoy integrada en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El relato abarca desde el verano del año 1980 hasta la Nochevieja que dará paso al año 2000, una fecha en la que parece que la vida del autor va a da un giro pero que se abstiene de contar, quizá porque, como se dice en la introducción, llega un momento en que la rutina comienza a superar a la novedad. El diario se lee con la fluidez con la que pasa el tiempo o, si me lo permiten, al ritmo constante con que los haces del faro (tres destellos, negro, uno más) barren la oscuridad de la noche.

Y la realidad, claro, prescinde de los tópicos. El relato, como un cuaderno de bitácora, es una rápida sucesión de historias cotidianas entrelazadas, sin epígrafes ni capítulos que ayuden a jerarquizar, a ordenar para el lector las experiencias de cada día. Así, asistimos a la descripción de un periodos de tiempo luminoso con otros en los que las cortinas de lluvia y las nubes disuelven los horizontes del mar; temporadas de aislamiento por mal tiempo con veranos luminosos vividos entre paseos, excursiones de pesca, marisqueo, anécdotas de la vida familiar, fiestas con amigos, visitantes exóticos, música, juegos, ingeniería de faros, técnicas de alumbrado, rescates de náufragos y naufragios propios. Destaca la creación de una emisora de radio en circuito cerrado entre los cuidadores de dos luciérnagas, esta de Sálvora y la de la cercana isla de Ons; Entre dos luces, programas radiofónicos con conversaciones, informaciones locales y mucha música abiertos a “vigilantes, pescadores, contrabandistas, aduaneros, furtivos, beneméritos, piratas, vagabundos de agua salada y, en general, a todo tipo de marineros flotantes”. Y de esta ralea de gente están plagadas estas páginas. El ritmo narrativo es como la vida misma, que apenas repara en un acontecimiento para abandonarlo y atender al siguiente. El sentido global que se percibe en la historia es más importante que los hechos tomados uno a uno, de la misma forma que la envolvente de una melodía, la percepción global, nos interesa más que sus notas. Todo visto desde una atalaya sólida, un barco de piedra tan inmutable que hasta los episodios más dramáticos –los nacimientos y muertes que rodean la vida en el faro- quedan inmediatamente atrás, difuminados en el paso de la vida cotidiana como el oleaje se diluye entre la espuma de una estela.

Al comenzar el diario el mecanismo del faro era aún de combustión, una linterna de fuego con capillos como, creo imaginar, los antiguos faroles de camping gas, girando suavemente sobre un baño de mercurio líquido. Pero la vida pasa y el faro se va transformando, la luz de fuego se electrifica, el progreso llega en forma de paneles solares y mecanismos automatizados. El barco de piedra, el faro de fuego, es ahora una baliza automática, el farero, un técnico mecánico de señales marítimas. Sabemos que el final del oficio se acerca, que la navegación cambia, que quienes andan por las rutas de la alta mar se guían ya por otros sistemas.

En este tránsito de fondo, así como la luz del faro sólo alumbra fugazmente algunos fragmentos de la noche, el autor sólo ha querido mostrar algunos momentos, cargados de actividad y vida. Pero el relato está lleno de saltos temporales de los que nada dice y que, a falta de información, estamos autorizados a suponer llenos de borrascas, soledades, melancolías y nostalgias. Y en el lector reaparecen los tópicos que hacen bueno hasta el sabor de una taza de café soluble.