Los Parques Nacionales

‘El sonido de los Parques Nacionales’ es una serie de reportajes sonoros, un recorrido de 12 meses por los 15 espacios naturales más emblemáticos de España, cada uno en su mejor momento.

Publicado inicialmente, mes a mes, en la sección de ciencia del diario elmundo.es.

Cabañeros. Septiembre, tiempo de berrea

El otoño acaba de empezar. La berrea de los ciervos lo confirma.

A media tarde, los machos en celo todavía se refugian en la espesura, en las laderas de monte que flanquean la gran raña central de Cabañeros, la llanura reseca por la que a estas horas sólo pastan los grupos de hembras. Los bramidos resuenan a lo lejos, estirados, desflecados por la distancia.

Aún así, todos los demás sonidos del monte –los silbidos de las cogujadas, el rechinar de los trigueros- pasan desapercibidos, no son más que un simple acompañamiento. Tan sólo la áspera estridencia de los saltamontes, la dulce y tenaz melopea de los últimos grillos, en el otro extremo de la escala sonora, destacan contra los estruendos lejanos de los ciervos.

Al crepúsculo, hacia el oeste, el cielo se ilumina al tiempo que el paisaje se apaga. Los árboles no son más que siluetas recortadas, las laderas de monte un telón negro. No se ve nada, pero desde esa oscuridad emergen con más fuerza si cabe los bramidos de los machos. Cuando la voz no es suficiente la disputa se resuelve a testarazos. Y por encima, muy lejos, los ululatos de los cárabos en paso y los gañidos de alarma de un búho real, asustado por quién sabe la causa.

Cambian por completo las tornas al amanecer. Antes de que la atmósfera temple los buitres leonados sobrevuelan la escena; no tienen más que dejarse caer desde sus posaderos, en las laderas de monte, hacia un claro en la llanura donde se encuentran los restos de un cadáver. Al principio oímos algún cacareo y el zumbido potente de la estela que estas grandes aves dejan en el aire. Pero enseguida todo se convierte en un griterío: cacarean los leonados, chillan con estrépito los buitres negros, mugen todos ellos. Un centenar de buitres dan cuenta de la carroña en poco más de media hora y entonces el cielo de Cabañeros se llena con los batidos pesados de cientos de alas. Y con el silbido dulce de una totovía en vuelo, el más tenaz de los pájaros del monte, por encima de los bramidos lejanos de los ciervos.

Ordesa y Monte Perdido. Agosto, el eco en las montañas

Parece que todo en Ordesa suena dos veces. Escuchamos las voces de las aves, primero en su garganta, inmediatamente después dobladas por el eco, o, como poco, estiradas por la reverberación. Lanzan las chovas sus gritos -las piquirrojas como chasquidos restallantes, las piquigualdas más agudas- y la pared de piedra los devuelve alargados, deformados.

Por encima de las chovas silban las aves de alta montaña, bisbitas alpinos, con siseos descendentes emitidos en vuelo, y acentores comunes, posados en las matas de piorno.

Abajo, en el fondo del valle, entre las espesuras de los bosques de hayas y abetos, los reclamos de mirlos y carboneros garrapinos, el siseo de los reyezuelos sencillos y los relinchos de los picos picapinos pronto desaparecen bajo el estruendo de las aguas blancas del río Arazas, en las Gradas de Soaso.

De vuelta a los paredones rocoso es donde mejor se aprecia al cañón de Ordesa como una enorme cámara de resonancia. Contra el anfiteatro de Cotatuero vuelve a producirse el intercambio de voces entre las chovas piquirrojas y las paredes de piedra. Desde lo alto, en la repisa superior del circo de piedra, llegan los chillidos agudos de las marmotas, asomadas a las bocas de sus madrigueras y disfrutando de las mejores vistas. Otro chillido, más seco, arrastrado y roto, es la señal de alerta de los sarrios, los rebecos pirenaicos, con quienes las marmotas comparten balcones sobre el valle.

Pero la calma dura poco en la alta montaña. Termina el verano, es tiempo de tormentas. Cada tarde, cuando el calor empieza a caer, nubes negras asoman por el valle, el retumbo del trueno rellena el espacio sonoro y con su vozarrón se impone sobre todo los demás.

 

Picos de Europa. Julio en los hayedos cantábricos.

En los hayedos de la Liébana, por Fuente Dé, en los de Pome, por la Vega de Enol o en los valles de Sajambre, resuenan las diferentes versiones de una misma canción.

El telón de fondo sonoro es siempre el mismo, trenzado con dos elementos distintos: el tintineo del ganado y la confusión de llamadas de los túrdidos, un grupo de aves que incluye a zorzales, mirlos y petirrojos, entre otros, y que cuenta entre sus miembros con algunos de las mejores voces de la naturaleza. Contra este fondo, sobrevolando los bosques o corriendo bajo las copas, destaca todo lo demás.

Desde cualquier esquina de estos bosques llegan los relinchos y gritos agudos de los picamaderos negros. En distancias más cortas, con el oído pegado al tronco del álamo donde han taladrado el nido, se percibe un suave tamborileo, lo que en el código sonoro de estas aves pasa por ser un arrumaco.

Cambia la composición en los claroscuros del hayedo, suena el siseo agudo del reyezuelo sencillo. Y vuelve a cambiar cuando la niebla cae y difumina los contornos del paisaje; del visual, que no del sonoro, al que se le suman otras voces, las de una mujer que busca a sus vacas entre la bruma.

Pero julio es el mes del celo de los corzos y no hay sitio en el que, tarde o temprano, no resuenen sus ladridos broncos. De llamada, de desafío o de alerta, espaciados o encadenados en largas series lanzadas a la carrera mientras se pierden hacia el fondo de los valles. Siempre bajo el fondo de las voces trenzadas de zorzales, petirrojos y mirlos.

 

Archipiélago de Cabrera. Julio en los islotes.

Na Foradada, Na Plana, S´Esponja, Na Pobra, Na Redona, Illa dels Conills, Ses Rates y Cabrera, entre otros. Como escritos en la roca, los topónimos de este archipiélago balear nos dicen mucho del aspecto de sus islotes, de la fauna que los habita. Pero entre tantos nombres descriptivos no hay ninguno que se refiera al ruidoso espectáculo que tiene lugar cada noche, en primavera y verano, tras la caída del sol y previo a la salida de la luna.

Antes, durante el día y con el vaivén del mar como fondo permanente, desde cualquier lugar del archipiélagos se escuchan las letanías agudas de las gaviotas patiamarillas, y también las de sus congéneres, las gaviotas de Audouin, más pequeñas, de aspecto más delicado, pero, por el contrario, con una voz rota, áspera y desgarrada. Las gaviotas de Audouin, por cierto, han protagonizado una de las pocas historias de éxito que se han producido espontáneamente en la naturaleza en las últimas décadas. Muy escasas, tan raras que hasta carecían de nombre vulgar, han emprendido una expansión por todas las costas del Mediterráneo occidental de la que Cabrera no ha quedado al margen.

Por debajo de las voces altisonantes de las gaviotas, de cualquier tipo, apenas se dejan oír los gruñidos de los cormoranes moñudos, encaramados en islotes y restingas, siempre salpicados por las olas.

Pero es al caer la luz cuando en los islotes de Cabrera empiezan a escucharse sonidos extraños. Los chirridos irregulares de los paíños comunes, escondidos en sus agujeros; los gritos desgarrados de las pardelas cenicientas, como llantos infantiles; los suspiros agudos, ahogados, de las raras pardelas baleares. Paíños y pardelas pasan la mayor parte del año en el mar, en largos viajes de cabotaje a cierta distancia de las costas o, directamente, en las procelosas aguas de la alta mar. Sólo acuden a tierra en época de cría, furtivamente, al amparo de la oscuridad. Las oquedades batidas por el regolfar de las olas, los derrumbes al pie de los acantilados o las madrigueras excavadas en las laderas arbustivas, sirven de asiento a sus colonias. En esas fechas, desde finales de abril hasta mediados de julio, la oscuridad de la noche se llena de sonidos inquietantes, gritos y llantos que en la tradición popular han dado lugar a todo tipo de leyendas sobre la matanza de inocentes pero que, en realidad, sólo transmiten la alegría por la llegada de los pollos recién nacidos.

En Cabrera, el mar arropa la algarabía de las pardelas.

Con fotografías de J.L. Perea/Fototeca CENEAM

 

Las Tablas de Daimiel. Junio, entre carrizos y masiegas.

En la llanura manchega, seca e inabarcable, la corriente de los ríos puede llegar a ser tan lenta que se desborde y anegue una amplia extensión. Eso es lo que sucede donde las aguas salobres del río Cigüela se mezclan con las más dulces del Guadiana, dando lugar a una de esas extensiones de aguas planas: las Tablas de Daimiel.

A vista de pájaro se escucha una maraña de sonidos, la suma de las voces de las aguas libres –los ánades azulones- con las de las aves que viven ocultas en los cañaverales –carriceros, zampullines, archibebes- y las de aquellas que habitan en las copas de las arboledas de ribera –verdecillos y abubillas-.

Desde la torre de observación de Prado Ancho, al borde del Tablazo, el campo visual se abre paso a paso y el paisaje sonoro se expande. A las voces originales se les van sumando otras. Parpan los patos y relinchan los zampullines chicos. A continuación grita una gaviota reidora, y su risa se confunde con los reclamos de un aguilucho lagunero. De la masa de carrizos y masegares sube el chirrido continuo de una buscarla unicolor, un pájaro con la voz de un insecto, y los pulsos agudos de los buitrones.

Desde otro punto de observación, ahora a ras de suelo, se escuchan los gritos de cigüeñuelas y avocetas, aves del barro. Un carricero tordal abandona la espesura y se encarama sobre el penacho floral de una caña para esparcir por los alrededores su voz rota y cascada.

Cae la tarde en los canales que rodean la Isla del Pan, donde gruñe un rascón común y vuelve a relinchar un zampullín chico, dos sonidos tan opuestos. Al tiempo que, con el frescor de la tarde, emerge un zumbido sordo y penetrante: miríadas de mosquitos forman nubes sobre los cañaverales. Trompetean fochas y gallinetas y desde la lámina de agua llega el croar de tres notas de los sapillos moteados.

Con las últimas luces, azules bajo el cielo azul, las aguas desbordadas del Guadiana cerca de su cauce, la Madre del río, forman una planicie de agua inmóvil. Como telón de fondo los coros pulsantes de las ranitas de San Antón. Sobre ellos, los mugidos de un somormujo lavanco y, oculta en algún mata de carrizos, una rareza absoluta, la voz de un ave desconocida: grita una polluela bastarda.

 

Sierra de Guadarrama. Mayo en los pinares de montaña.

La nieve del invierno aún se acumula en las montañas, resiste en el suelo de los bosques más altos. Pero el aire tibio de mayo ha liberado las copas y por la atmósfera corren las voces de las aves forestales. En los pinares más expuestos del Puerto de los Cotos, en las laderas de Valsaín y las vaguadas más abrigadas del Valle del Lozoya, se escuchan los parloteos y silbidos de zorzales comunes y charlos, carboneros garrapinos, petirrojos, pinzones vulgares y demás comparsa. Todos parecen acompasados por los tamborileos de los picos picapinos, los pájaros carpinteros que, al tabletear contra los troncos, convierten al bosque en un instrumento de percusión. Unos buscan cortezas gruesas, produciendo un tableteo sordo; otros, atacan los troncos muertos, y su llamada, amplificada por la madera seca, se propaga más lejos. Tamborileos, cantos y silbidos propagan el mismo mensaje, la llegada de la buena estación al Guadarrama.

En las praderas de Casarás, sobre las altas copas de los pinos de Valsaín, se oyen, nítidas, las notas de un zorzal común y los maullidos alargados de un ratonero, una rapaz forestal que sobrevuela el valle. Desde la misma posición, hacia la cresta de Siete Picos, las voces se amontonan, se enmarañan, y en el bosque reina la confusión.

Agua y praderas. Pastos y sestiles en los altos del Valle del Lozoya, las aguas tuertas de Majada Hambrienta o el Puerto de la Morcuera, donde el tintineo de las vacas armoniza con los silbidos rítmicos del escribano hortelano. Retirada la nieve, del suelo emerge el rascar de los saltamontes. Por encima, a falta de pinos en los que posarse, las alondras parlotean incansables colgadas en el aire.

Cae la tarde en Valsaín, Val de Sabin, el Valle de los Pinos. La nieve de Peñalara refleja la luz rojiza del sol poniente. Un corzo ladra ladera abajo. Es la hora del cuco. Más tarde, la misma nieve refleja la luz fría de la luna llena. Un ronroneo continuo ocupa el fondo sonoro; es la suma de miles de grillos, cientos de anfibios y algunos chotacabras grises, aves de la noche. Es la hora del cárabo.

 

Doñana. Abril, primavera en las marismas.

Abril en las marismas del Guadalquivir. Arranca una primavera particularmente lluviosa y los sonidos de la vida emergen desde cualquier mata de juncos, de las aguas libres, desde el barro.

En los cañaverales del Arroyo de La Rocina gruñen los calamones. Por detrás grita un zampullín chico y en aguas más abiertas trompetea una focha. Arriba, trazando círculos, un buitrón pespuntea la escena con sus reclamos, agudos como alfilerazos.

En el Lucio de Cerrado Garrido, una depresión de aguas someras, se quejan los flamencos. El grito desgarrado de una garza real lleva a las Pajareras, los viejos alcornoques al borde del agua en los que arraigan las colonias más ruidosas de Doñana.

Desde el aire, a vista de pájaro sobre los pinares almohadillados del Coto del Rey, la triple nota de la abubilla se difumina en el viento. Abajo, en los Corrales y Dunas, los relinchos de los milanos negros y los ladridos ásperos de las águilas imperiales sobrevuelan las copas de los pinos.

En cada charca, en cada palmo de fango, croa una ranita meridional. Charca a charca, palmo a palmo, un clamor roto emerge del fango. Y por encima silban chorlitejos grandes, cigüeñuelas, avocetas y correlimos: la hora del crepúsculo en el Caño del Guadiamar.