¿Invierno?

Cae a tarde en los pinares del valle de Valsaín, en la Sierra de Guadarrama.

Empieza enero y los días anticiclónicos, de cielos altos y despejados son normales. No lo son tanto las altas temperaturas de las últimas semanas. A las noches de helada les siguen días templados, y aquí, en los pinares serranos, a 1400 metros de altitud, la atmósfera de la tarde suena a primavera.

El escenario debería estar en silencio. Pero canta, insistente, un carbonero garrapinos. Desde el bosque tamborilea un pico picapinos. Por las copas de los árboles revuelan y cantan los pájaros forestales: zorzales charlos, carboneros comunes y herrerillos, reyezuelos sencillos y agateadores comunes. Todos ellos deberían estar callados, ateridos y capeando la mala estación.

Al otro lado del valle, en una vaguada que a la mañana siguiente recibirá los primeros rayos de sol, se forma un dormidero de cuervos.

Contra el sol poniente, en el aire flotan hilos de arañas –los hilos de la Virgen- y nubes de insectos. El plancton aéreo que sirve de inesperado alimento a las aves insectívoras.

En dirección contraria, hacia el este, en el bosque crecen las sombras.

Y mientras los últimos rayos del sol se proyectan hacia el cielo, desde la espesura emergen las voces de un ave de la noche. Grita, inquieto, un cárabo.

Los tiempos, sin duda, están cambiando.

Sobrevolando el otoño

Bosques mixtos en los alrededores de La Granja, en Segovia.

Una franja continua de árboles poblada de voces pasa bajo nuestro punto de observación. El tapiz está formado por una masa de pinos silvestres, robles melojos, alisos, chopos lombardos, álamos, cedros, cipreses y hasta algún haya. Y sobre sus copas, entre las ramas o desde el suelo, bajo las sombras, se oyen los reclamos de los más tenaces del otoño: el martilleo de los mirlos, los trinos y crepitares de los petirrojos, el carraspeo de un chochín, el reclamo regañante de un carbonero común, los silbidos de un bando de estorninos, el tuiteo de los trepadores azules, unos graznidos ásperos de arrendajos, las voces rotas de cornejas y cuervos, los gritos restallantes de grajillas y chovas piquirrojas…. El otoño en los bosques llega a su fin. Pronto nevará y el silencio blanco envolverá el paisaje sonoro. Pero, mientras duren los colores, durarán las voces forestales del otoño.

Solsticio de verano

El día más largo del año madruga  y se deja oír por encima de las últimas sombras. A las seis de la mañana las aves forestales empiezan a cantar.

Antes, ya con luz, un cárabo deja atrás la noche y da paso a los primeros cantores del día que aún está por venir. Con un chisporroteo, reclama un petirrojo, y enlaza con su parloteo deslavazado. Con voz ronca despiertan las cornejas: ¿quién no tiene la voz áspera al alba?

El parloteo enrevesado de una curruca mosquitera, oculta entre unos arbustos, se entrelaza con el trino limpio de un pinzón vulgar, encaramado a la copa de un pino.

A las siete ya es de día, por el este asoma el sol y el bosque se llena de luces, o lo que es lo mismo, de sonidos. Canta un zorzal charlo y jirrían los primeros vencejos mientras describen círculos en el aire. Lejos, relincha un pito real; desde las cuatro esquinas del bosque tamborilean los pájaros carpinteros.

Todo se acelera y pronto se forma un barullo. El paisaje sonoro es una confusión de voces de la que sobresalen unos silbidos melódicos, potentes, bien articulados. Amanece al fin y canta un zorzal común.

La voz es la frontera

Desde el suelo, la maraña de los cantos de las aves forma un concierto, una música natural, armoniosa, pero de significado incierto.

Cambiar el punto de vista ayuda a comprender algo mejor las cosas. A vista de pájaro, desde el aire, el bosque se convierte en un tapiz sobre el que se libra una batalla vocal, incruenta pero con toda determinación. Las aves disputan, a voces, por los límites de sus territorios de cría.

La voz es la frontera. El montaje sonoro es una reconstrucción idealizada, sin base en ningún estudio concreto sobre el uso del territorio, pero que bien puede representar una situación real de convivencia en un bosque. Predominan los trinos potentes, desflecados, de tres pinzones vulgares, cada uno desde su árbol buscando los límites de su canción.

Más abajo, en las marañas del suelo y a la sombra de un pino, canta una curruca capirotada. Y aunque su territorio se solape, no interfiere de ninguna manera con el del pinzón.

La percusión también vale para trazar fronteras. Cuatro picos picapinos delimitan con sus tableteos las cuatro esquinas del bosque.

Y desde el centro de la arboleda emerge un grito agudo, apresurado: nadie le disputa sus dominios al azor.

De vuelta a la tierra la perspectiva cambia y las peleas por el territorio se convierten de nuevo en la suave música de la naturaleza.

Gaviotas en el Manzanares

Ecos del mar al pie de La Pedriza, en Madrid

El embalse es Santillana; el río que lo alimenta el Manzanares, que fluye desde el macizo granítico de La Pedriza. El lugar está en las estribaciones del Guadarrama, en Madrid. El  mar no puede estar más lejos. Y, sin embargo, un  griterío con resonancias costeras rellena cada tarde la inmensidad de este espacio vacío.

Decenas de miles de gaviotas, reidoras y sombrías, se concentran en estas aguas para pasar los meses de otoño e invierno. La comida que desecha cada día una ciudad como Madrid es un reclamo demasiado poderoso y las gaviotas acuden siguiendo el curso de los ríos. Y cada día siguen la misma rutina: una vez alimentadas, abandonan la fealdad de los basureros, situados al sur de la ciudad,  para descansar en las aguas limpias de la sierra.

Las orillas abiertas del embalse son, además, la mejor barrera de protección contra cualquier intruso.  Pero aún así, a veces, algo les asusta. Gregarias por naturaleza, basta con que una recele para que la alarma se propague a toda la bandada. Y el griterío de mil aves asustadas sube de escala.

Cuando empieza a caer la tarde, a virar la luz hacia los tonos rojizos, toda la lámina del embalse rebosa de aves; las gaviotas comparten aguas con somormujos lavancos, fochas y patos azulones. Por el fango de la orilla chapotean archibebes comunes y garzas reales. Y en los prados ribereños se escuchan los reclamos, suaves crujidos, de las agachadizas y revuelan los bandos de fringílidos. Cualquier tarde llegarán las primeras grullas.

Y todo bajo los imponentes paredones del Yelmo, de los muros del castillo de Manzanares el Real. Tan lejos que el mar no se puede concebir.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/17/gaviotas-en-el-manzanares.html el 17 de octubre de 2015

El Charcón de Valsaín

No es más que una balsa de agua en medio de una pradera encharcada, un tremedal. Rodeada, a su vez, por un espeso pinar. Una isla de agua dentro de un bosque. Se llama, con mucha propiedad, El Charcón, y se encuentra en el valle de Valsaín, en la cara norte del Guadarrama.

Toda la pradera está cerrada por una valla de madera, para evitar que el ganado,  que siempre busca la hierba fresca, pisotee el suelo y destruya un tesoro. Y es que El Charcón es una reserva formidable para los anfibios.

Como el visual, el paisaje sonoro es una mezcla de bosque y aguas. Arriba, en las copas, se escuchan los cantos de las aves forestales: la doble nota del cuco, el chorro de voz del pinzón vulgar, los graznidos ásperos de cornejas y arrendajos, entre otros.

Abajo, entre dos aguas, croan las ranas comunes. Cientos de ranas verdes, invisibles entre la vegetación que flota en la superficie. Pero se delatan al croar, cuando, al soplar, hinchan los sacos vocales y producen una leve agitación en el agua.

Las ranas comunes no son los únicos anfibios en la charca. Más discretos, ocultos en los charcos del suelo,  ronronean los sapos corredores. Y entre los juncos croan, en tríos, los machos de ranitas de San Antón.

Baja la luz y sube el sonido, con la incorporación de nuevas voces. Se activan los grillotopos, que durante un rato llegarán a cubrir todo el espacio sonoro.  Y, como cada tarde por estas fechas, un par de patos azulones llegan volando desde el bosque en busca de  tranquilidad en este espacio perdido.

Con el crepúsculo cambia la luz; y cambia la tonalidad del bosque. Ululan los cárabos, rechina una lechuza, ronronea un chotacabras gris,  estridulan los grillos… Y ladra, rotundo, un corzo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza,el 25 de abril de 2015. http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/04/25/el-charcon-de-valsain.html

Por las copas de los pinos

Primeros balbuceos de la primavera en los pinares de la sierra de Guadarrama.

Casi al final del invierno, en los pinares de montaña. En el aire limpio de una mañana fría y despejada.

Por la atmósfera quieta, sobre las copas de los pinos, corren voces rítmicas. Un carbonero garrapinos canta a compás. Detrás, sólo el silencio de la primera hora.

Abajo, entre la vegetación de una vaguada, rompe el canto explosivo de un chochín: siete gramos de pájaro que generan un torrente de voz.

Poco a poco el paisaje se anima con otras llamadas que empiezan a deambular por el bosque. Pasan unos herrerillos capuchinos, con sus voces entrelazadas; vaguada abajo tabletean los primeros picos picapinos del año.

El graznido arrastrado de un arrendajo rasga por un momento la atmósfera sonora. Pero pronto vuelve la armonía al pinar. Sigue el ritmo, regresa el garrapinos. Y aparece la melodía: canta un mirlo.

Publicado el sábado, 7 de marzo, en el audioblog El sonido de la naturaleza.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/03/07/por-las-copas-de-los-pinos.html

Los sonidos de una nevada

Nada más silencioso que un copo de nieve. Pero muchos de ellos juntos forman LOS SONIDOS DE UNA NEVADA. Grabado en los bosques de Valsaín, Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

“En los árboles altos hay cúpulas efímeras que caen al suelo sonando casi a nada”. Pedro Fernández Cocero, ‘El tríptico de La Granja’.

Nada más silencioso que un copo de nieve. Aparentemente.

Pero una nevada está formada por la caída de muchos copos. Y la suma de tantos murmullos da lugar a un estruendo. Más aún si intervienen el viento y los ríos.

Nieva en los pinares de la sierra de Guadarrama, en el valle de Valsaín. Primero con una pacífica intensidad. Pero cuando el viento sopla y hace estremecerse a los troncos, por el bosque corre un estruendo que imita a un temporal en el mar.

En las cumbres de la sierra, a 1.900 metros de altitud, la ventisca arrecia y arranca del hielo agarrado a las acículas un siseo afilado.

Días después, tras la tempestad llega la calma. Y la actividad vuelve al bosque. Unos ladridos broncos se arrastran por la nieve; no los vemos, pero los corzos, desesperados, buscan comida. Lejos graznan los cuervos. Y bandos de arrendajos deambulan valle abajo.

A poco que la atmosfera temple, en los pinares de la sierra vuelve a nevar; pero esta vez lo hace sólo bajo las copas. Unas veces las masas de nieve acumulada caen, pulverizadas, emitiendo sutiles siseos; otras, se desploman con estrépito y todo el suelo del bosque resuena como un gigantesco tambor.

Al mismo tiempo, también bajo las copas, invisibles, revuelan los bandos de pájaros forestales: carboneros, garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, mitos, trepadores azules… Unas veces envueltos en sutiles siseos, otras reclamando en grupo, con estrépito.

En el bosque, tras la nevada, reinan a la vez el buen y el mal tiempo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 14 de febrero de 2015, en plena ola de frío.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/02/14/los-sonidos-de-una-nevada.html

El tiempo de las cigüeñas

 

Los tiempos cambian, el clima cambia, el calendario natural está alterado y ya nadie dice aquello de “por San Blas la cigüeña verás”. Parece que muchas de estas aves no se van, o no se van muy lejos, y en algunos campanarios su silueta aparece recortada incluso desde los últimos días de diciembre.

Pero es por estas fechas, en torno a San Blas, cuando las cigüeñas, viajeras o invernantes, andan atareadas con el celo. En las techumbres de las iglesias, en torres y arboledas, las vemos ocupadas en restaurar los nidos, reestableciendo vínculos. En pleno invierno, aguantando estoicamente lo peor de la mala estación, comienza el tiempo de las cigüeñas.

El Espinar es una localidad en la rampa segoviana, la cara norte, de la sierra de Guadarrama. Una zona ganadera, de pastizales y charcas. Un campo idóneo para las cigüeñas que comen por los prados pero que prefieren la vecindad para construir los nidos. En las techumbres de la iglesia, pero también por todo el pueblo, las parejas se cuentan por decenas. Y ahora que empieza el celo, entre chubasco y nevada, cientos de aves aplauden, tabletean sobre los nidos.

El crotoreo, que así se llama la ceremonia de saludo con el pico, los cuellos doblados y la cabeza forzada hacia atrás, pretende afianzar los vínculos de una relación que dura de por vida. El pico, grande y hueco, como de madera, es una caja de resonancia que amplifica la señal. Y a ratos, una algarabía, como una ovación, corre por los tejados.

Publicado el 31 de enero de 2015 en el audioblog El sonido de la naturaleza, en elmundo.es

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/01/31/el-tiempo-de-las-ciguenas.html