Sobrevolando el otoño

Bosques mixtos en los alrededores de La Granja, en Segovia.

Una franja continua de árboles poblada de voces pasa bajo nuestro punto de observación. El tapiz está formado por una masa de pinos silvestres, robles melojos, alisos, chopos lombardos, álamos, cedros, cipreses y hasta algún haya. Y sobre sus copas, entre las ramas o desde el suelo, bajo las sombras, se oyen los reclamos de los más tenaces del otoño: el martilleo de los mirlos, los trinos y crepitares de los petirrojos, el carraspeo de un chochín, el reclamo regañante de un carbonero común, los silbidos de un bando de estorninos, el tuiteo de los trepadores azules, unos graznidos ásperos de arrendajos, las voces rotas de cornejas y cuervos, los gritos restallantes de grajillas y chovas piquirrojas…. El otoño en los bosques llega a su fin. Pronto nevará y el silencio blanco envolverá el paisaje sonoro. Pero, mientras duren los colores, durarán las voces forestales del otoño.

Guías de aves

She laments, sir(…)

her husband goes this morning a-birding.

 William Shakespeare, The merry wives of Windsor

Sólo hay algo que le guste a un naturalista tanto como las propias aves. Las guías de aves.

Pequeños libros ilustrados, a menudo del tamaño de un bolsillo, en los que, ordenadas sistemáticamente, rebullen cientos de aves, sus imágenes, mapas, descripciones y, ¿por qué no?, sus voces y cantos.

Guías siempre gastadas, desencuadernadas, llenas de anotaciones, manchadas por el uso en mil excursiones que empiezan al amanecer y terminan con el crepúsculo. Excursiones que, gracias a ellas, se prolongan un rato más en casa, mientras las manoseamos al repasar la cosecha del día.

Hay guías de todo tipo. Generalistas, dedicadas a todas las aves de una región geográfica; o especializadas en grupos concretos, como anátidas, rapaces, aves marinas o nidos y pollos, entre otras. Cada aficionado a las aves tiene su propia colección, sus preferencias. La más famosa es la Guía de campo de las Aves de España y de Europa, la célebre y apreciada guía de Roger Tory Peterson, que abre con la cita de William Shakespeare que se recoge más arriba. Aunque para mí la “guía” siempre ha sido la de Hermann Heinzel.

Las imágenes que ilustran este blog proceden de una de las más bellas, el Manual de las Aves de Europa de Lars Jonsson, editada, como casi todas, por Omega.

Para quien quiera escucharlo, el concierto de las aves también resuena entre las páginas de las guías de campo.

Comederos de pájaros

En otoño comienzan los tiempos de escasez . En los bosques, sobre todo en las montañas, los pájaros se reúnen en bandadas y deambulan sin descanso en busca de comida. En el borde de un pinar, en un jardín, unos comederos artificiales, bien provistos de pipas de girasol y bolas de grasa con semillas y trozos de fruta, atraen la atención de todos los habitantes de un amplio sector del bosque.

Cualquier recipiente vale para una comida apresurada: espirales para las bolas de sebo, tubos de rejilla para las pipas, casetas de madera, pero también cocos, piñas y hasta medias naranjas vaciadas, sirven para dar de comer al hambriento.

Esta especie de comedor social lleva ya varios meses abierto, por lo que las aves aceptan sin reparo la proximidad de unos micrófonos. A través de ellos oímos hasta los más mínimos detalles del vuelo, las garras y las voces de los comensales.

Con tiempo seco o bajo la lluvia, en días tranquilos o en plena nevada, sobra la comida y la actividad es intensa, tanto que el sonido principal es el zumbido de las alas menudas al batir. A lo largo de varios días de observación la lista de invitados incluye trepadores azules, carboneros comunes y garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, lúganos, mirlos y petirrojos.

Escondidos tras las cañas

Vuelo rasante sobre un cañaveral. Un vocerío emerge de entre carrizos y espadañas. En pocos sitios las aves se esconden tanto y a la vez se manifiestan tan claramente.

Como telón de fondo, el roce de los carrizos y el zumbido de una buscarla unicolor, un pájaro que parece un insecto.

Entre las cañas gruñen y chillan los calamones, trompetean las fochas, chillan las cigüeñuelas, relinchan los zampullines. Y cuando la masa de carrizos se espesa, todo el paisaje sonoro se resume en esto: el matraqueo de los carriceros comunes y tordales.

Solsticio de verano

El día más largo del año madruga  y se deja oír por encima de las últimas sombras. A las seis de la mañana las aves forestales empiezan a cantar.

Antes, ya con luz, un cárabo deja atrás la noche y da paso a los primeros cantores del día que aún está por venir. Con un chisporroteo, reclama un petirrojo, y enlaza con su parloteo deslavazado. Con voz ronca despiertan las cornejas: ¿quién no tiene la voz áspera al alba?

El parloteo enrevesado de una curruca mosquitera, oculta entre unos arbustos, se entrelaza con el trino limpio de un pinzón vulgar, encaramado a la copa de un pino.

A las siete ya es de día, por el este asoma el sol y el bosque se llena de luces, o lo que es lo mismo, de sonidos. Canta un zorzal charlo y jirrían los primeros vencejos mientras describen círculos en el aire. Lejos, relincha un pito real; desde las cuatro esquinas del bosque tamborilean los pájaros carpinteros.

Todo se acelera y pronto se forma un barullo. El paisaje sonoro es una confusión de voces de la que sobresalen unos silbidos melódicos, potentes, bien articulados. Amanece al fin y canta un zorzal común.

Ornitofonías

Una ornitofonía es la voz de un ave. Las aves tienen su canción; cada especie la suya, más o menos definida, variable según las áreas geográficas. Desde las notas simples y espaciadas de, por ejemplo, abejarucos y gorriones, hasta el parloteo enmarañado de verdecillos y chochines; entre otras. Pasando por las repeticiones rítmicas de los carboneros comunes, o las frases melódicas, de notas entrelazadas, de pájaros como el ruiseñor pechiazul, mucho mejor definidas en la melodía nocturna de los auténticos titulares del nombre, los ruiseñores comunes.

Pero si las aves tienen su canción, también tienen su caligrafía. Los sonogramas son, claro está, la representación gráfica de los sonidos. Cada nota, cada frase, aparece como un trazo, una línea recta, un brochazo que dibuja una modulación de frecuencia. Trazos limpios o confusos, según la voz a la que represente. Los trazos de la canción.

Concierto para mirlo y percusión

Los mirlos ponen la melodía. Los carboneros comunes el ritmo. Los picamaderos negros la percusión. De las gargantas de los primeros salen frases melódicas, notas líquidas y aflautadas, intervalos musicales. Los carboneros repiten rítmicamente sus notas simples. Y al tamborilear,  los pájaros carpinteros utilizan los troncos como instrumentos de percusión.

Cada una de estas especies forestales  canta y reclama por sus propios motivos. Ninguna pretende que sus sonidos armonicencon los de otros habitantes del bosque. Pero todas sus voces juntas, sin más dirección que el azar, se entremezclan en el aire y forman el concierto del bosque. Un concierto para mirlo y percusión.

La voz es la frontera

Desde el suelo, la maraña de los cantos de las aves forma un concierto, una música natural, armoniosa, pero de significado incierto.

Cambiar el punto de vista ayuda a comprender algo mejor las cosas. A vista de pájaro, desde el aire, el bosque se convierte en un tapiz sobre el que se libra una batalla vocal, incruenta pero con toda determinación. Las aves disputan, a voces, por los límites de sus territorios de cría.

La voz es la frontera. El montaje sonoro es una reconstrucción idealizada, sin base en ningún estudio concreto sobre el uso del territorio, pero que bien puede representar una situación real de convivencia en un bosque. Predominan los trinos potentes, desflecados, de tres pinzones vulgares, cada uno desde su árbol buscando los límites de su canción.

Más abajo, en las marañas del suelo y a la sombra de un pino, canta una curruca capirotada. Y aunque su territorio se solape, no interfiere de ninguna manera con el del pinzón.

La percusión también vale para trazar fronteras. Cuatro picos picapinos delimitan con sus tableteos las cuatro esquinas del bosque.

Y desde el centro de la arboleda emerge un grito agudo, apresurado: nadie le disputa sus dominios al azor.

De vuelta a la tierra la perspectiva cambia y las peleas por el territorio se convierten de nuevo en la suave música de la naturaleza.

Treinta años a la escucha

Tres décadas de grabaciones de campo a través de la evolución de los equipos técnicos. Del Nagra III al Aaton Cantar.

Han pasado treinta años. 7 de octubre de 1985, en los Quintos de Mora, en los Montes de Toledo. A media mañana, en plena temporada de  berrea. Empuño por primera vez en mi vida un micrófono, activo el magnetofón y brama un ciervo. Mi primera grabación de campo, mi primera berrea. En ese momento aún no lo sé, pero es también el primer paso de un largo viaje por los sonidos de la naturaleza.

A  aquella berrea le han seguido otras muchas, un ritual –como el de los ciervos- de otoño.

En este tiempo la tecnología no ha dejado de evolucionar. Hemos pasado de los  pesados magnetofones de cinta a los grabadores digitales de estado sólido, pasando por los cassettes, las primeras cintas digitales, los discos duros.

He aprendido a entender los mensajes de la naturaleza.  Los animales se comunican entre ellos mensajes fáciles de entender: el celo, la búsqueda de contacto, miedo, alarma,  hambre… Pero para quien se para a escuchar hay otros mensajes más sutiles.

En estas tres décadas, por ejemplo, el ruido se ha expandido por los campos, como un telón de fondo que todo lo tapa. Cada vez más carreteras, maquinaria agrícola, vías aéreas ensucian  el paisaje sonoro; los paisajes más limpios suenan más lejos, en lugares más escondidos, a horas más intempestivas.

El elenco también se ha empobrecido con la caída de las poblaciones de algunos de los intérpretes más comunes. La triple nota de la codorniz, por ejemplo, o el arrullo de las tórtolas, ya sólo se escuchan con la mitad de frecuencia que entonces; en los bosques del norte los urogallos se aproximan a la extinción;  el parloteo continuo de las alondras es cada vez menos denso en los campos de labor. La subida generalizada de las temperaturas empuja a las aves por las montañas; modifica las fechas de llegada de las aves migrantes. Como síntoma, en algunas zonas el canto reseco de las chicharras sube ladera arriba, por los cada vez menos frescos bosques de montaña.

Pero pese a todo, los ciervos siguen berreando; en unas semanas, las primeras grullas llegarán trompeteando por los puertos del norte, anunciando que el invierno no es una estación tan mala; los patos seguirán chapoteando en las aguas quietas de las lagunas y en los rincones más retirados de la noche, el aullido de los últimos lobos, supervivientes a ultranza, seguirán estremeciendo a los que disfrutamos con la escucha de la naturaleza salvaje.

 

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/10/treinta-anos.html el 10 de octubre de 2015.