La llamada del lince

Una espera en el campo nunca decepciona. Cuatro largas esperas, desde el atardecer hasta la alta noche, no podían fallar y han dado como resultado la grabación de una de las voces más escasas, más esquivas, de la naturaleza ibérica. Al final de tanto aguardo en el monte se escucharon los maullidos de los linces en celo.

Las esperas han tenido lugar esta misma semana, bajo la primera luna del año, en una zona de olivares y barrancos en las estribaciones de Sierra Morena. Pero además de los linces, que hablaron poco y muy tarde, otros muchos habitantes de estos bosques alineados que son los olivares se manifestaron. Este es el resumen, en poco más de dos minutos y medio, de lo que se escuchó en esas cuatro largas y fructíferas noches.

Cae la tarde y  las últimas voces del día se refugian en las copas de los olivos: los reclamos metálicos de los mirlos, los relinchos ásperos de los rabilargos, los enmarañados chasquidos de petirrojos y currucas capirotadas, que suenan como si hicieran entrechocar unos guijarros. Lejos, ajea una perdiz.

Con la puesta de sol y la extensión de las sombras se produce el cambio de guardia. Maúllan los primeros mochuelos. El eco en la voz de uno de ellos dibuja los contornos de una vaguada.

Noche cerrada. Por toda la sierra se escuchan los ladridos desesperados de las rehalas de perros. Encerrados en jaulones, atados por cadenas, le ladran a la noche la desesperación por su perra vida.

Al mismo tiempo, libres y quizá por eso hambrientos, los ladridos de los zorros en celo llegan desde el fondo de las vaguadas. Dos búhos reales, cada uno en su territorio, pespuntean el silencio.

Más cerca, en las ramas de un olivo, los lirones caretos corretean, rompen las ramas, emiten unos sutiles quejidos.

Pasan las horas y el monte se aquieta; reina al fin un silencio casi perfecto. Ha llegado el momento. Desde el fondo de la oscuridad, muy lejos, llega una llamada, un grito por la supervivencia: maúllan y gruñen los dos miembros de  una pareja de linces en celo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2017/01/14/la-llamada-del-lince.html

Las Pajareras de Doñana

Unos árboles viejos, grandes, cargados de peso y años, arraigan en los suelos arenosos en la vera de la marisma. La mayoría son alcornoques, aunque también crecen algunos sauces. Por encima de ellos, día y noche, sobrevuela una nube de aves, grises, blancas, negras. Y a ellas se debe que estos rodales de árboles tengan nombre propio. Son las Pajareras de Doñana.

Observados desde lejos, de estos oteaderos en tierra plana emerge un ruido constante, un bullicio en el que se entremezclan las voces de la marisma. En los arbustos del suelo silban las cogujadas; en el aire chillan las grajillas y relinchan los milanos negros; desde algún punto, escondidos, gruñen los martinetes.

Pero en este guirigay hay un sonido que predomina sobre los demás, unos gritos guturales, desgarrados. Las pajareras son asiento de enormes colonias de garzas; y entre todas ellas destacan, grises y elegantes, las garzas reales. Siempre aleteando, en equilibrio inestable sobre las ramas, tanto que a veces parece que vuelan aún estando posadas.

Las garzas son una pura contradicción estética: toda la elegancia en el cuerpo y ninguna gracia en la voz.

 

Los nidos son apenas visibles, un amasijo de palos mal agarrados a las ramas; en estas fechas la mayoría de las garzas están incubando, pero, aunque no se les ve, ya se oyen los matraqueos con que los pocos pollos nacidos piden comida. Un peligroso asunto, un reclamo demasiado tentador para los milanos negros que avizoran desde el aire algo que llevarse al pico.

Por muchas razones Doñana es un espacio único. Las pajareras, además, lo hacen irrepetible.

Publicado en el audioblos El Sonido de la Naturaleza el  11 de abril del 2015. http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/04/11/las-pajareras-de-donana.html

Nieblas en Cazorla

Otoño en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Afortunadamente, tenemos el oído.

Hay días en los que no hay mucho que mirar desde un mirador, como este del Poyo de la Mesa, en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Los jirones se retuercen desde el fondo de las vaguadas, se enganchan en las crestas de roca. El paisaje desaparece, se esfuma.

El otoño, por otra parte, está siendo extraordinariamente cálido y los animales, las aves sobre todo, siguen muy activos. Pero se encuentran muy lejos, al otro lado del valle, y ni siquiera con prismáticos podemos verlos.

Afortunadamente tenemos el oído.

Esto es lo que sabemos que pasa, a lo lejos y entre las brumas. Unas cornejas graznan, se desafían por las copas de los pinos. A la vez, por entre los troncos grita un pico picapinos, con una nota aguda, casi metálica, que contrasta con el tableteo largo en la madera. También por ahí revuelan y silban varios trepadores azules.

Tras varias semanas de temperaturas anormalmente altas el ritmo de la naturaleza está alterado. Hay brotes en las ramas de los árboles, los anfibios y reptiles siguen despiertos, las aves cantan, a veces con el mismo empeño que ponen en la primavera, cuando se trata de delimitar territorios de cría. En Cazorla los zorzales charlos y los mirlos reviven con sus voces.

La pared de caliza del Poyo de la Mesa incorpora el eco -o al menos la reverberación- al paisaje sonoro. Un cuervo sobrevuela y su voz se estira al rebotar  contra la roca. Pero el cuervo no está solo. Posados en algunas repisas, en un mundo vertical, canta un colirrojo tizón, silba un roquero solitario.

En los pinares de Cazorla el día sigue velado por la niebla, pero la música continúa.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 7 de diciembre de 2014

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2014/12/06/nieblas-en-cazorla.html