Sobre un paisaje nevado

La vega nevada parece detenida por el frío. Nos dejamos llevar por una suave brisa que apenas altera el silencio blanco. Del suelo helado no emerge voz alguna y las pocas aves que se dejan oír buscan refugio en las marañas de las orillas y las copas de los álamos: poco cobijo pueden dar las ramas desnudas

El catálogo sonoro es muy pobre. Cerca graznan unas cornejas, siempre ruidosas. Junto a ellas, blancas y negras como el paisaje, las urracas estallan en un alboroto. Por algún sitio, de arbusto a arbusto, pasa cacareando un mirlo.

No las vemos pero, pese al frío y lo temprano de la estación, una pareja de cigüeñas crotora en su nido. Acaban de llegar y ya alegran la atmósfera desapacible con sus aplausos.

De los árboles, en fin, sale el parloteo de un bando de estorninos negros, inmóviles, ateridos.

Y poco más.

En el estanque dorado

 

No es exactamente un estanque, sino la corriente de un río detenida en un azud, una represa de piedra. El otoño avanza y en las orillas las arboledas viran del verde al amarillo.

El agua quieta casi no suena, apenas deja oír un leve oleaje. Pero a cambio se convierte en un espejo que refleja todos los colores del otoño.

En estos días el paisaje sonoro se empobrece a medida que el visual se llena de nuevos colores. En las copas de los chopos silban los estorninos negros, que armonizan  con el arrullo seco de las palomas torcaces. De las marañas de las orillas emergen las llamadas contenidas de los mirlos. Y desde una ciudad que no vemos, tañen las campanas.

Algunos patos, reunidos en la serenidad del agua quieta, animan el espacio sonoro con sus voces. Se llaman patos azulones, pero aquí, iluminados por la luz amarillenta de los chopos, la directa y la reflejada en el agua, parecen dorados.

Crepitan los chopos de la orilla. Con la brisa, las ráfagas de hojas amarillas añaden colores al río. El río que alimenta a los patos. Los patos que, al nadar, arrastran en su estela los colores del otoño.

El agua es el río Eresma; los árboles, la alameda del Parral; la ciudad que no vemos pero que deja oír sus campanas, Segovia.

Escondidos tras las cañas

Vuelo rasante sobre un cañaveral. Un vocerío emerge de entre carrizos y espadañas. En pocos sitios las aves se esconden tanto y a la vez se manifiestan tan claramente.

Como telón de fondo, el roce de los carrizos y el zumbido de una buscarla unicolor, un pájaro que parece un insecto.

Entre las cañas gruñen y chillan los calamones, trompetean las fochas, chillan las cigüeñuelas, relinchan los zampullines. Y cuando la masa de carrizos se espesa, todo el paisaje sonoro se resume en esto: el matraqueo de los carriceros comunes y tordales.

Por donde se despeña el agua

Nos asomamos a un escalón en la montaña por el que se despeña el agua. Aunque a duras penas,  las voces del bosque  se sobreponen al estruendo de la cascada. En las copas de los árboles, sobre los piornos, cantan zorzales charlos, escribanos cerillos y pinzones vulgares, entre otros. En el aire, restallando contra la roca, gritan unas chovas piquirrojas.

En la caída libre, en la pelea entre el agua y la roca no se escucha nada más. Las cortinas de agua rugen, chapotean en las fisuras, sisean al pulverizarse…

Algunas aves, una curruca capirotada, un mosquitero común, aprovechan para dejarse oír.

Pero pronto la roca vuelve a empinarse, el agua se acelera y manda callar.

Gaviotas en el Manzanares

Ecos del mar al pie de La Pedriza, en Madrid

El embalse es Santillana; el río que lo alimenta el Manzanares, que fluye desde el macizo granítico de La Pedriza. El lugar está en las estribaciones del Guadarrama, en Madrid. El  mar no puede estar más lejos. Y, sin embargo, un  griterío con resonancias costeras rellena cada tarde la inmensidad de este espacio vacío.

Decenas de miles de gaviotas, reidoras y sombrías, se concentran en estas aguas para pasar los meses de otoño e invierno. La comida que desecha cada día una ciudad como Madrid es un reclamo demasiado poderoso y las gaviotas acuden siguiendo el curso de los ríos. Y cada día siguen la misma rutina: una vez alimentadas, abandonan la fealdad de los basureros, situados al sur de la ciudad,  para descansar en las aguas limpias de la sierra.

Las orillas abiertas del embalse son, además, la mejor barrera de protección contra cualquier intruso.  Pero aún así, a veces, algo les asusta. Gregarias por naturaleza, basta con que una recele para que la alarma se propague a toda la bandada. Y el griterío de mil aves asustadas sube de escala.

Cuando empieza a caer la tarde, a virar la luz hacia los tonos rojizos, toda la lámina del embalse rebosa de aves; las gaviotas comparten aguas con somormujos lavancos, fochas y patos azulones. Por el fango de la orilla chapotean archibebes comunes y garzas reales. Y en los prados ribereños se escuchan los reclamos, suaves crujidos, de las agachadizas y revuelan los bandos de fringílidos. Cualquier tarde llegarán las primeras grullas.

Y todo bajo los imponentes paredones del Yelmo, de los muros del castillo de Manzanares el Real. Tan lejos que el mar no se puede concebir.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/10/17/gaviotas-en-el-manzanares.html el 17 de octubre de 2015

El Charcón de Valsaín

No es más que una balsa de agua en medio de una pradera encharcada, un tremedal. Rodeada, a su vez, por un espeso pinar. Una isla de agua dentro de un bosque. Se llama, con mucha propiedad, El Charcón, y se encuentra en el valle de Valsaín, en la cara norte del Guadarrama.

Toda la pradera está cerrada por una valla de madera, para evitar que el ganado,  que siempre busca la hierba fresca, pisotee el suelo y destruya un tesoro. Y es que El Charcón es una reserva formidable para los anfibios.

Como el visual, el paisaje sonoro es una mezcla de bosque y aguas. Arriba, en las copas, se escuchan los cantos de las aves forestales: la doble nota del cuco, el chorro de voz del pinzón vulgar, los graznidos ásperos de cornejas y arrendajos, entre otros.

Abajo, entre dos aguas, croan las ranas comunes. Cientos de ranas verdes, invisibles entre la vegetación que flota en la superficie. Pero se delatan al croar, cuando, al soplar, hinchan los sacos vocales y producen una leve agitación en el agua.

Las ranas comunes no son los únicos anfibios en la charca. Más discretos, ocultos en los charcos del suelo,  ronronean los sapos corredores. Y entre los juncos croan, en tríos, los machos de ranitas de San Antón.

Baja la luz y sube el sonido, con la incorporación de nuevas voces. Se activan los grillotopos, que durante un rato llegarán a cubrir todo el espacio sonoro.  Y, como cada tarde por estas fechas, un par de patos azulones llegan volando desde el bosque en busca de  tranquilidad en este espacio perdido.

Con el crepúsculo cambia la luz; y cambia la tonalidad del bosque. Ululan los cárabos, rechina una lechuza, ronronea un chotacabras gris,  estridulan los grillos… Y ladra, rotundo, un corzo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza,el 25 de abril de 2015. http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/04/25/el-charcon-de-valsain.html

Aguas manantiales

Cuando el río suena, agua lleva

Raro es el día que no se celebra el día de algo. El agua, las aguas de la tierra, se merecen el suyo, y la fecha elegida no está mal traída: el domingo 22 de marzo, con la primavera.

Pero, en realidad, las aguas se celebran a sí mismas. Y a ello se aplican con su propia voz. Nada hay en el mundo con más registros sonoros que el agua. Siempre pegada al terreno, define el relieve hasta en sus más mínimos detalles. El tiempo de reverberación de una gota que escurre da la medida de la caverna; el borboteo de los arroyos y regatos que serpentean ladera abajo indica dónde se encuentran las irregularidades del terreno; los cauces de los ríos trazan las aristas inferiores de los valles; y al despeñarse en las cascadas, el agua arranca sonidos a la roca lisa y, juntos, los dos elementos forman el sonido de las montañas.

Quieta o ladera abajo, gota a gota o en grandes masas, el agua siempre es la misma pero sus sonidos nunca se repiten.

 

Los sonidos de una nevada

Nada más silencioso que un copo de nieve. Pero muchos de ellos juntos forman LOS SONIDOS DE UNA NEVADA. Grabado en los bosques de Valsaín, Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

«En los árboles altos hay cúpulas efímeras que caen al suelo sonando casi a nada». Pedro Fernández Cocero, ‘El tríptico de La Granja’.

Nada más silencioso que un copo de nieve. Aparentemente.

Pero una nevada está formada por la caída de muchos copos. Y la suma de tantos murmullos da lugar a un estruendo. Más aún si intervienen el viento y los ríos.

Nieva en los pinares de la sierra de Guadarrama, en el valle de Valsaín. Primero con una pacífica intensidad. Pero cuando el viento sopla y hace estremecerse a los troncos, por el bosque corre un estruendo que imita a un temporal en el mar.

En las cumbres de la sierra, a 1.900 metros de altitud, la ventisca arrecia y arranca del hielo agarrado a las acículas un siseo afilado.

Días después, tras la tempestad llega la calma. Y la actividad vuelve al bosque. Unos ladridos broncos se arrastran por la nieve; no los vemos, pero los corzos, desesperados, buscan comida. Lejos graznan los cuervos. Y bandos de arrendajos deambulan valle abajo.

A poco que la atmosfera temple, en los pinares de la sierra vuelve a nevar; pero esta vez lo hace sólo bajo las copas. Unas veces las masas de nieve acumulada caen, pulverizadas, emitiendo sutiles siseos; otras, se desploman con estrépito y todo el suelo del bosque resuena como un gigantesco tambor.

Al mismo tiempo, también bajo las copas, invisibles, revuelan los bandos de pájaros forestales: carboneros, garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, mitos, trepadores azules… Unas veces envueltos en sutiles siseos, otras reclamando en grupo, con estrépito.

En el bosque, tras la nevada, reinan a la vez el buen y el mal tiempo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 14 de febrero de 2015, en plena ola de frío.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2015/02/14/los-sonidos-de-una-nevada.html