Nieblas en Cazorla

Otoño en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Afortunadamente, tenemos el oído.

Hay días en los que no hay mucho que mirar desde un mirador, como este del Poyo de la Mesa, en la sierra de Cazorla. Las nieblas no dejan ver el paisaje. Los jirones se retuercen desde el fondo de las vaguadas, se enganchan en las crestas de roca. El paisaje desaparece, se esfuma.

El otoño, por otra parte, está siendo extraordinariamente cálido y los animales, las aves sobre todo, siguen muy activos. Pero se encuentran muy lejos, al otro lado del valle, y ni siquiera con prismáticos podemos verlos.

Afortunadamente tenemos el oído.

Esto es lo que sabemos que pasa, a lo lejos y entre las brumas. Unas cornejas graznan, se desafían por las copas de los pinos. A la vez, por entre los troncos grita un pico picapinos, con una nota aguda, casi metálica, que contrasta con el tableteo largo en la madera. También por ahí revuelan y silban varios trepadores azules.

Tras varias semanas de temperaturas anormalmente altas el ritmo de la naturaleza está alterado. Hay brotes en las ramas de los árboles, los anfibios y reptiles siguen despiertos, las aves cantan, a veces con el mismo empeño que ponen en la primavera, cuando se trata de delimitar territorios de cría. En Cazorla los zorzales charlos y los mirlos reviven con sus voces.

La pared de caliza del Poyo de la Mesa incorpora el eco -o al menos la reverberación- al paisaje sonoro. Un cuervo sobrevuela y su voz se estira al rebotar  contra la roca. Pero el cuervo no está solo. Posados en algunas repisas, en un mundo vertical, canta un colirrojo tizón, silba un roquero solitario.

En los pinares de Cazorla el día sigue velado por la niebla, pero la música continúa.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza el 7 de diciembre de 2014

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2014/12/06/nieblas-en-cazorla.html

Ecos, paisajes sonoros de la evolución humana

 

Hay áreas en nuestro cerebro en las que imágenes y sonidos se entrecruzan y mezclan, se hacen inseparables. En ellas las imágenes evocan sonidos y los sonidos imágenes. Son, precisamente, las que más se han desarrollado a lo largo de nuestra evolución.

Manuel Martín-Loeches

El eco es un fenómeno acústico que percibimos cuando aquello que lo produjo ya es pasado. Aunque sólo sea por un segundo, lo que escuchamos es el reflejo, el recuerdo, de una acción anterior.

Ecos es el nombre de una instalación sobre los paisajes sonoros por los que ha transcurrido la historia de la evolución humana.  Un viaje al pasado por medio del oído. En la penumbra de una sala las atmósferas sonoras nos rodean.

El oyente, a ciegas, asiste a un resumen del largo viaje que empezó hace millones de años en la profundidad de las selvas. No es una película, aunque la sesión transcurre en una sala a oscuras y la narración comparte muchos de los principios del montaje cinematográfico. No es una pieza musical, aunque el sonido juega con movimientos, cambios de ritmo y velocidad.

El recorrido empieza en un ambiente selvático, donde las peleas entre homínidos y grandes felinos son constantes; y muy ruidosas. Los pasos de un bípedo, la verdadera huella sonora de todos los humanos que han caminado por el planeta, nos llevan a  la sabana africana, a la convivencia con otros depredadores, a la aparición de las primeras herramientas talladas. Saltamos a los bosques de Eurasia, territorios de ciervos y bisontes; enfrentamos una noche fría con las llamadas a lo lejos de nuestros eternos competidores, lobos y leones. Dentro de una cueva, en torno a una hoguera, nos arremolinamos con un grupo de neandertales: voces incomprensibles, toses por el humo, llantos de niño.

Las notas afinadas de una flauta de hueso, la aparición del arte, armonizan con los silbidos del viento. Comienza el gran frío, y los cazadores cromañones provocan la estampida de una manada de caballos salvajes. Aparecen las primeras armas, ladran los perros, nuestros primeros aliados.

Y con el descubrimiento de la agricultura comienza el Neolítico, la ganadería, la metalurgia. Con la vida sedentaria la narración se acelera hasta la diversificación cultural del presente: una confusión de voces -bosquimanos, himbas, indios amazónicos, japoneses, las llamadas a todo tipo de oraciones…- que concluye con la voz grabada de la cuenta atrás, símbolo de esta era de la tecnología, las telecomunicaciones y la exploración espacial.

Al final, doce minutos después, cuatro millones de años más tarde, y siguiendo a Carl Sagan, junto a las olas del mar nos asomamos a la orilla del océano cósmico.

Ecos, paisajes sonoros de la evolución humana, con guion de Juan Luis Arsuaga y Carlos de Hita, se puede visitar en el Museo de la Evolución Humana de Burgos, hasta el mes de julio de 2015.

Tambores de agua

En un claro abierto en la selva de Camerún, muy cerca del corazón de las tinieblas, un grupo de cuatro o cinco mujeres m´baká hacen música acuática. Para ello palmotean la superficie de una charca con las manos ahuecadas. Ellas ponen el ritmo, la lámina de agua el sonido y la selva tropical añade la acústica.

El agua en el jardín andalusí

Foto: palmeral de Timia, macizo del Air, Níger

Montaje sonoro para la exposición EL AGUA EN EL JARDÍN ANDALUSÍ, organizada por la Fundación de Cultura Islámica, Rabat 2012

Un recorrido sonoro por los paisajes del agua

Los bosques de la Alhambra, los surtidores, acequias y sumideros del patio de los Arrayanes, los estanques del Generalife, la escalera del agua, los huertos de palmeras de Draa, en Marruecos, los oasis de Timia, en Níger,  y Al Ain, en Abu Dhabi… Estos son los ingredientes sonoros de este recorrido de las aguas por el jardín andalusí.
Amanece en un palmeral. Abajo, a nuestros pies, el agua corre por las acequias y algunas ranas, pocas, croan al frescor de la mañana. Arriba y a lo lejos, desde las copas, silban las oropéndolas y arrullan las tórtolas.
De un espacio abierto a un horizonte cerrado: en el borde de una acequia murmura el agua, cantan los pájaros de las encañizadas y zumban los insectos.
Corriente abajo, el agua sigue encerrada en un caz pero resuena ahora en un patio cerrado y la reverberación dibuja el espacio, las paredes de piedra. Los chillidos de los vencejos pasan por encima, describiendo círculos cerrados, mientras el agua borbotea en un surtidor, se encierra en un sumidero, cae en cascada a una pila o se remansa y dispersa por una alberca.
Atardece y la corriente riega de nuevo las huertas; hace calor, en el aire suenan las chicharras y su sonido, rítmico, se confunde con el sonido, también rítmico, del agua lanzada a presión por los aspersores. La luz va cayendo, sube la humedad y en el horizonte se anuncia una tormenta. Tras el aguacero, a la puesta de sol, el jardín cobra nueva vida: croan las ranas a coro, estridulan los grillos, los búhos silban a intervalos exactos y la voz líquida de los ruiseñores llega desde las cuatro esquinas del jardín.

En la Patagonia

Península Valdés, 22 a 26 de septiembre de 2012
Acostumbrados a ver los espacios naturales de Europa asediados por carreteras y coches, los bosques quemados, las estepas transformadas, las costas urbanizadas, la Patagonia nos muestra la tierra tal y como debía ser antes. Aquí el mundo es más grande, los animales más abundantes y confiados, el viento más fuerte y las lluvias torrenciales. Sólo el mar, a veces, aparece estos días tranquilo, como un lago. Un lago en el que nadan cientos de ballenas francas australes.
Acá recién comienza la primavera y no es temporada de orcas. Pero hay otras muchas cosas. En Punta Hércules, en la costa oriental hacia mar abierto, hemos podido grabar las peleas de los machos de elefantes marinos. Las disputas empiezan con unas voces rotundas que emergen de las profundidades de sus corpachones de más de mil kilos y terminan casi siempre a golpes y dentelladas. Pero estos animales son tan fofos, puras masas de grasa, que el embate de uno contra otro apenas produce más que un pequeño ruido. Por debajo de ellos, alrededor, huyendo despavoridas ante esas masas descontroladas, los gritos de las crías recién nacidas y de sus madres asustadas.
De una colonia de focas a otra de pingüinos. Se calcula que en Península Valdés nidifican unas cuarenta mil parejas de pingüinos patagónicos, o de Magallanes. Aquí sólo escuchamos los extraños gritos, entre trompeteo y rebuzno, de unos pocos, un grupo que ha excavado sus nidos en un terraplén en la orilla de la Caleta Valdés. El sol dejó de calentar hace rato y hay que ponerse al socaire para evitar el fuerte viento. Llama un ejemplar, responde otro y en la noche austral, bajo la Cruz del Sur, toda la colonia entabla una conversación interminable.
Y mientras el viento del norte rola al sur, aprovechando unas horas de calma, salimos en una lancha de goma –un gomón, en la precisa terminología local-, a navegar por el Golfo Nuevo, frente a Punta Pirámides. La calma es total, las olas no suenan y las respiraciones y chapoteos de decenas de ballenas francas australes desperdigadas por el mar se escuchan con claridad a cientos de metros. Pero las ballenas son curiosas y se acercan a restregarse contra los costados de la lancha; entonces, en la distancia corta las respiraciones son tan profundas que parecen emerger del fondo del mar. Y en el fondo del mar, a unos quince metros bajo la superficie, un hidrófono, un micrófono subacuático, capta a las mismas ballenas cuando lanzan unos gemidos de una profundidad insondable.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, elmundo.es, el 28 de septiembre de 2012

Un viaje por África


EL SONIDO DE ÁFRICA
Un viaje por los recuerdos y la banda sonora de medio continente

A lo largo de unos minutos vamos a escuchar un viaje por África. Un recorrido por la banda sonora de medio continente. Como es normal, el viajero escucha con más o menos atención allí donde las circunstancias le llevaron a lo largo de su periplo. No pretende, por tanto, hacer un compendio sonoro de nada, sino, más bien, enseñar una muestra de los recuerdos que almacenó en su magnetofón.

La secuencia sigue la ruta del sur al norte. En las primeras etapas, el paisaje sonoro natural es tan apabullante, tan rico en “colores” y matices, que el sonido de la actividad humana queda eclipsado, casi en un segundo plano. Pero a medida que se avanza hacia el norte, dejando atrás la selva tropical para entrar en la sabana subdesértica del Sahel y el desierto, el silencio crece y la actividad humana gana protagonismo.

1. SABANA MASAI, Kenya, en la reserva de Masai Mara. Noche cerrada en el soto del río Sekenani. Sobre un fondo de anfibios silbando en todas las tonalidades, ríen las hienas y gruñe un antílope impala. El aire fresco de la noche favorece la propagación de los sonidos, y los rugidos de una pareja de leones, afortunadamente muy lejanos, suenan con una calidez inmediata. Lo mismo sucede con los gruñidos profundos de una pareja de hipopótamos.

Y en medio de la atmósfera desordenada y salvaje, un principio de armonía: un grupo de pastores masai danzan en círculos tras las barreras de protección de su manyatta, la aldea de la sabana. La civilización y la cultura toman forma de ritmo y compás.

Amanece en el soto. Lo anuncia la voz repetitiva de la tórtola plañidera. Y en la misma manyatta, las mujeres masai entonan un canto coral. Un trueno apaga las voces, empieza a llover y un gran cocodrilo del Nilo, que hasta entonces había pasado desapercibido sumergido en el agua, lanza un estremecedor gruñido de amenaza, al tiempo que sacude las escamas a flor de agua y golpea con la cola.

2. SELVA TROPICAL, Camerún. El corazón de las tinieblas. Un mundo opresivo, con una acústica cerrada e inquietante, donde hasta los animales más inofensivos, los damanes arbóreos, lanzan unos alaridos que parece que provienen del infierno. En este mundo inhóspito, un murmullo se eleva sobre las sombras, contra el fondo continuo de los insectos. Visualmente, una nube de humo iluminada por las brasas de la leña húmeda que no arde, envuelve una comunidad de pigmeos m´baká, quienes hoy, como desde la noche de los tiempo, levantan a su alrededor una barrera protectora con el humo, el fuego y la voz. Dentro de este ámbito más acogedor, hasta las situaciones más íntimas se convierten en acontecimientos sociales. Un hombre le canta una nana a un niño; enseguida otro se incorpora con su voz, y otro más; entra la percusión y en unos segundos todo la tribu ha olvidado el sueño del niño y canta a voz en grito la misma melodía. Parece que nadie duerme de noche en la selva.

En la atmósfera menos opresiva de la mañana, un grupo de mujeres añade una más a la ya larga lista de utilidades del agua: la percusión. Metidas hasta la cintura en una charca, palmotean contra la superficie y la convierten en puro ritmo.

3. ALDEA BOZO, Mali, en la orilla del río Níger. Otro ritmo, otro compás, también llegado desde tiempo inmemorial. En una pequeña aldea junto al río, casi tan pequeña como la isleta en la que está construida, cae la tarde y las mujeres preparan la cena a golpe de mortero. Y mientras ellas trabajan, los niños juegan, los hombres charlan… y el almuédano llama a la oración desde un altavoz colocado en el minarete, el único artefacto eléctrico de una aldea a la que casi nunca llega nada. Jugar, charlar, rezar y trabajar, el clásico reparto de tareas de África.

4. LA PUERTA DEL TENERÉ, Níger. Desde aquí, las llamadas para ensalzar la grandeza de Alá se propagan por las soledades del Sahel cinco veces cada día. En Agadez, a la puerta del desierto de Teneré, la del alba es la de la confusión de los rezos. Todavía de noche cerrada cuando, secuencialmente, la voces amplificadas, cada una con su tono y con su estilo, se incorporan a este piadoso concierto matinal. Como en la selva, aquí tampoco es fácil dormir.

Timia es un palmeral en las montañas del Air, desde el que parten las caravanas tuareg hacia las minas de sal de Teneré. La aldea es lo suficientemente humilde como para que sólo cante un almuédano. Los gallos y las tórtolas despiertan a los camelleros, que empiezan a preparar a sus monturas para la larga travesía. El canto de las mujeres sirve aquí de transición entre los preparativos y la marcha de la caravana, que se pierde en el desierto. No hay manifestación de júbilo como el tzekrit, el ulular que de las mujeres norteafricanas cuando celebran cualquier acontecimiento.

Y de las soledades del desierto, de nuevo al bullicio de un mercado en Agadez, donde desde la confusión emerge poco a poco una música limpia, una muestra de la denominada “música tuareg contemporánea”, a cargo del grupo Tidawt. Sabiendo la ubicación de Agadez en el mapa, la pregunta es de dónde y por qué caminos llegan las influencias musicales para dar lugar a una nueva escuela musical. La respuesta es estremecedora: viajan en los radiocassettes de los camiones que hacen la travesía del desierto, a menudo cargados de inmigrantes clandestinos. Encadenamos, por tanto, con la melancólica canción de una niña que pide el regreso a casa, junto a la hoguera en un campamento de refugiados saharauis, en la Hammada argelina.

5. ALTA MAR, 27º22´15” N, 16º47¨24” O. Pero el viaje aún no ha terminado. Queda lo peor, la travesía del Atlántico. En alta mar, al sur de la isla de Tenerife y tras doce días de navegación, un cayuco con setenta y cinco personas a bordo es interceptado por una lancha de salvamento. Una vez más, un murmullo de voces se eleva por encima del sonido de un mundo hostil. Dos centímetros de madera, el grosor del casco desvencijado, separan estas voces del abismo oceánico. Al principio no son más que caras asustadas, nuevos números que añadir a una estadística. Pero uno a uno, con mucha dignidad, van diciendo sus nombres -Djaga, Medhum, Liransu, Abu, Osman…-, y en medio de la nada, a miles de kilómetros de su sueño en Europa, esta gente recupera su condición humana.

Como para tantos otros, este viaje sonoro termina con las olas que baten la playa de los Lances, en Tarifa.