Tambores de agua

En un claro abierto en la selva de Camerún, muy cerca del corazón de las tinieblas, un grupo de cuatro o cinco mujeres m´baká hacen música acuática. Para ello palmotean la superficie de una charca con las manos ahuecadas. Ellas ponen el ritmo, la lámina de agua el sonido y la selva tropical añade la acústica.

Un viaje por África


EL SONIDO DE ÁFRICA
Un viaje por los recuerdos y la banda sonora de medio continente

A lo largo de unos minutos vamos a escuchar un viaje por África. Un recorrido por la banda sonora de medio continente. Como es normal, el viajero escucha con más o menos atención allí donde las circunstancias le llevaron a lo largo de su periplo. No pretende, por tanto, hacer un compendio sonoro de nada, sino, más bien, enseñar una muestra de los recuerdos que almacenó en su magnetofón.

La secuencia sigue la ruta del sur al norte. En las primeras etapas, el paisaje sonoro natural es tan apabullante, tan rico en “colores” y matices, que el sonido de la actividad humana queda eclipsado, casi en un segundo plano. Pero a medida que se avanza hacia el norte, dejando atrás la selva tropical para entrar en la sabana subdesértica del Sahel y el desierto, el silencio crece y la actividad humana gana protagonismo.

1. SABANA MASAI, Kenya, en la reserva de Masai Mara. Noche cerrada en el soto del río Sekenani. Sobre un fondo de anfibios silbando en todas las tonalidades, ríen las hienas y gruñe un antílope impala. El aire fresco de la noche favorece la propagación de los sonidos, y los rugidos de una pareja de leones, afortunadamente muy lejanos, suenan con una calidez inmediata. Lo mismo sucede con los gruñidos profundos de una pareja de hipopótamos.

Y en medio de la atmósfera desordenada y salvaje, un principio de armonía: un grupo de pastores masai danzan en círculos tras las barreras de protección de su manyatta, la aldea de la sabana. La civilización y la cultura toman forma de ritmo y compás.

Amanece en el soto. Lo anuncia la voz repetitiva de la tórtola plañidera. Y en la misma manyatta, las mujeres masai entonan un canto coral. Un trueno apaga las voces, empieza a llover y un gran cocodrilo del Nilo, que hasta entonces había pasado desapercibido sumergido en el agua, lanza un estremecedor gruñido de amenaza, al tiempo que sacude las escamas a flor de agua y golpea con la cola.

2. SELVA TROPICAL, Camerún. El corazón de las tinieblas. Un mundo opresivo, con una acústica cerrada e inquietante, donde hasta los animales más inofensivos, los damanes arbóreos, lanzan unos alaridos que parece que provienen del infierno. En este mundo inhóspito, un murmullo se eleva sobre las sombras, contra el fondo continuo de los insectos. Visualmente, una nube de humo iluminada por las brasas de la leña húmeda que no arde, envuelve una comunidad de pigmeos m´baká, quienes hoy, como desde la noche de los tiempo, levantan a su alrededor una barrera protectora con el humo, el fuego y la voz. Dentro de este ámbito más acogedor, hasta las situaciones más íntimas se convierten en acontecimientos sociales. Un hombre le canta una nana a un niño; enseguida otro se incorpora con su voz, y otro más; entra la percusión y en unos segundos todo la tribu ha olvidado el sueño del niño y canta a voz en grito la misma melodía. Parece que nadie duerme de noche en la selva.

En la atmósfera menos opresiva de la mañana, un grupo de mujeres añade una más a la ya larga lista de utilidades del agua: la percusión. Metidas hasta la cintura en una charca, palmotean contra la superficie y la convierten en puro ritmo.

3. ALDEA BOZO, Mali, en la orilla del río Níger. Otro ritmo, otro compás, también llegado desde tiempo inmemorial. En una pequeña aldea junto al río, casi tan pequeña como la isleta en la que está construida, cae la tarde y las mujeres preparan la cena a golpe de mortero. Y mientras ellas trabajan, los niños juegan, los hombres charlan… y el almuédano llama a la oración desde un altavoz colocado en el minarete, el único artefacto eléctrico de una aldea a la que casi nunca llega nada. Jugar, charlar, rezar y trabajar, el clásico reparto de tareas de África.

4. LA PUERTA DEL TENERÉ, Níger. Desde aquí, las llamadas para ensalzar la grandeza de Alá se propagan por las soledades del Sahel cinco veces cada día. En Agadez, a la puerta del desierto de Teneré, la del alba es la de la confusión de los rezos. Todavía de noche cerrada cuando, secuencialmente, la voces amplificadas, cada una con su tono y con su estilo, se incorporan a este piadoso concierto matinal. Como en la selva, aquí tampoco es fácil dormir.

Timia es un palmeral en las montañas del Air, desde el que parten las caravanas tuareg hacia las minas de sal de Teneré. La aldea es lo suficientemente humilde como para que sólo cante un almuédano. Los gallos y las tórtolas despiertan a los camelleros, que empiezan a preparar a sus monturas para la larga travesía. El canto de las mujeres sirve aquí de transición entre los preparativos y la marcha de la caravana, que se pierde en el desierto. No hay manifestación de júbilo como el tzekrit, el ulular que de las mujeres norteafricanas cuando celebran cualquier acontecimiento.

Y de las soledades del desierto, de nuevo al bullicio de un mercado en Agadez, donde desde la confusión emerge poco a poco una música limpia, una muestra de la denominada “música tuareg contemporánea”, a cargo del grupo Tidawt. Sabiendo la ubicación de Agadez en el mapa, la pregunta es de dónde y por qué caminos llegan las influencias musicales para dar lugar a una nueva escuela musical. La respuesta es estremecedora: viajan en los radiocassettes de los camiones que hacen la travesía del desierto, a menudo cargados de inmigrantes clandestinos. Encadenamos, por tanto, con la melancólica canción de una niña que pide el regreso a casa, junto a la hoguera en un campamento de refugiados saharauis, en la Hammada argelina.

5. ALTA MAR, 27º22´15” N, 16º47¨24” O. Pero el viaje aún no ha terminado. Queda lo peor, la travesía del Atlántico. En alta mar, al sur de la isla de Tenerife y tras doce días de navegación, un cayuco con setenta y cinco personas a bordo es interceptado por una lancha de salvamento. Una vez más, un murmullo de voces se eleva por encima del sonido de un mundo hostil. Dos centímetros de madera, el grosor del casco desvencijado, separan estas voces del abismo oceánico. Al principio no son más que caras asustadas, nuevos números que añadir a una estadística. Pero uno a uno, con mucha dignidad, van diciendo sus nombres -Djaga, Medhum, Liransu, Abu, Osman…-, y en medio de la nada, a miles de kilómetros de su sueño en Europa, esta gente recupera su condición humana.

Como para tantos otros, este viaje sonoro termina con las olas que baten la playa de los Lances, en Tarifa.