En el reino del hielo. Una historia comparada

En el reino del hielo.

El terrible viaje polar del USS Jeannette.

Hampton Sides, Editorial Capitan Swing.

La historia, seguro, os suena a muchos. Una expedición polar, un barco de madera atrapado en la banquisa de hielo, noche eterna, frío amargo, grandes chasquidos y estremecedoras fuerzas de compresión, la nave hecha astillas y una tripulación abandonada a su suerte, a cientos de kilómetros de tierra firme; se abre entonces una carrera contra reloj para superar el hielo antes de la fusión con la llegada del verano. Pero no, no es lo que estáis pensando. Cambiad de hemisferio, de la Antártida al Ártico, haced retroceder la fecha unos 35 años, a 1880. Cambiad también la nacionalidad, británicos por norteamericanos. Y los protagonistas, Sir Ernest Shackleton y el HMS Endurance por el teniente George De Long al mando del USS Jeannette.

Esta es la epopeya ártica que relata Hampton Sides en el libro En el reino del hielo. Un viaje de exploración que zarpa bajo un falso supuesto, la creencia firmemente extendida de que las aguas del Polo Norte eran navegables a través de un Mar Abierto Polar, protegido por una anillo de hielo pero con accesos practicables, puertas térmicas abiertas por las corrientes cálidas del sur. Por una de ellas, en el estrecho de Bering, debería colarse el Jeannette, “navegando cuesta abajo hacia el Polo”, según expresión de un capitán ballenero que, ironías de la navegación, también se encontraría con su destino en los hielos. La decepción no pudo ser más contundente.

Muy pronto el barco quedó atrapado. Dos inviernos después las enormes fuerzas de compresión lo reducirían a astillas, dando comienzo a una epopeya que acabaría cuatro meses después, a más de mil millas en las costas siberianas, en el delta del río Lena, un mundo de agua, barro y hielo más inhóspito que las llanuras polares. Como los hombres de Shackleton, también la tripulación del Jeannette pasó por todo tipo de dificultades, aunque en eso los británicos tuvieron alguna ventaja, ya que tras ellos, en la Antártida, no merodeaban los osos polares. En ocasiones el avance de la dura marcha hacia el sur era anulado por la deriva de la banquisa hacia el noroeste; en otras, para compensar, los hielos flotaban en la dirección adecuada. En el libro hay momentos de lirismo poco frecuentes en este tipo de aventuras, como la aparición de una mariposa que anuncia la proximidad de una isla, confirmada por el murmullo lejano, más allá de la niebla, de las voces de cientos de miles de aves marinas en las colonias de cría. Tres años después de zarpar de San Francisco, con los expedicionarios separados en tres grupos por una terrible tempestad, llegaron las primeras noticias. No todos sobrevivieron, dos terceras partes de los marinos, entre ellos el comandante De Long, se quedaron por el camino, en tierra siberiana. Su principal logro, tristemente, fue desmentir una idea geográfica absurda.

Cuesta imaginar por qué esta epopeya ártica, tan similar en heroísmo y crudeza a la otra, es tan desconocida. Quizá la expedición británica se produjera en el momento álgido de los viajes polares, con toda la atención volcada en el seguimiento de los repetidos intentos de Scott, Shackleton, Amundsen y demás. Quizá la exaltación del fracaso, el héroe derrotado que se niega a arriar la bandera, casara poco con el espíritu positivo de la entonces joven nación americana. Y, quizá, también faltó la presencia de un fotógrafo como Frank Hurley para alimentar la memoria con imágenes del barco congelado o de los marineros arrastrando los botes sobre el hielo. Las pocas placas fotográficas tomadas en el Jeannette se hundieron con él (También quizá por eso las tres figuras de la portada de esta edición sean miembros de otra expedición, la británica del Nimrod, en una fotografía tomada por el mismísimo Ernest Shackleton en el punto de máximo avance, a la latitud de 88º 23´… Sur).

El libro intercala la narración lineal de la expedición con interesantes apuntes paralelos. La financiación a cargo del excéntrico editor del New York Herald, James Gordon Bennet –el mismo que envió a Stanley en busca del Dr. Livingstone, supongo-, el estado de las ciencias geográficas de la época –pseudociencias, en algunos casos, como quedó trágicamente demostrado-, la cartografía, las técnicas de navegación o la etnografía de las comunidades indígenas del Ártico. En este sentido hay un pasaje impresionante, oscuro y tenebroso, en el que un joven John Muir, el que sería padre de los movimientos por la conservación de la naturaleza en América, que participa en una de las operaciones de rescate, describe la consulta a los chamanes de una tribu del Yukón sobre la suerte de los náufragos. A diferencia de los geógrafos, el oráculo boreal acertó en el pronóstico.

Con todo, en el libro se plantean tres cuestiones de absoluta actualidad. En el último tercio del siglo XIX los barcos enviados en su búsqueda ya buscaban indicios de los exploradores perdidos analizando la basura y los restos de naufragios varados en las playas árticas. Y eso que aún no había empezado la edad del plástico. Además, se constata cómo la caza intensiva de focas, ballenas y morsas en el Ártico supuso la extinción, en muy pocos años, de las culturas indígenas. Inuits, chukchis, yakutos, aleutianos y otros siguieron tras la caza industrial el mismo camino que los indios de las praderas con la extinción de los bisontes. El Mar Abierto Polar, en fin, esa quimera de los geógrafos de entonces, va camino de convertirse en realidad  como consecuencia del calentamiento global.

 

Diario de un farero: e la nave va

Sálvora. Diario de un farero

Julio Vilches

Editorial Hoja de Lata

 

 Hace muchos años una campaña publicitaria mostraba a un farero -barba corta, jersey de cuello alto, fumador de pipa- mientras hacía los preparativos para lo que parecía iba a ser una larga temporada en solitario. Ropa, lectura, latas de comida y un gran tarro de cristal con café soluble: Nescafé para cien días.

El anuncio era eficaz porque enseñaba todos los tópicos que envuelven al mundo de los faros, sólidas linternas de piedra erguidas rompiendo la oscuridad del mar tenebroso, habitadas, como corresponde, por gente recia, austera, en un mundo de tempestades, melancolía y soledad. Y con esos tópicos a cuestas afronté la lectura de Sálvora, Diario de un farero, la particular crónica temporal de Julio Vilches, farero en la isla de Sálvora, en la boca de la Ría de Arosa y hoy integrada en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El relato abarca desde el verano del año 1980 hasta la Nochevieja que dará paso al año 2000, una fecha en la que parece que la vida del autor va a da un giro pero que se abstiene de contar, quizá porque, como se dice en la introducción, llega un momento en que la rutina comienza a superar a la novedad. El diario se lee con la fluidez con la que pasa el tiempo o, si me lo permiten, al ritmo constante con que los haces del faro (tres destellos, negro, uno más) barren la oscuridad de la noche.

Y la realidad, claro, prescinde de los tópicos. El relato, como un cuaderno de bitácora, es una rápida sucesión de historias cotidianas entrelazadas, sin epígrafes ni capítulos que ayuden a jerarquizar, a ordenar para el lector las experiencias de cada día. Así, asistimos a la descripción de un periodos de tiempo luminoso con otros en los que las cortinas de lluvia y las nubes disuelven los horizontes del mar; temporadas de aislamiento por mal tiempo con veranos luminosos vividos entre paseos, excursiones de pesca, marisqueo, anécdotas de la vida familiar, fiestas con amigos, visitantes exóticos, música, juegos, ingeniería de faros, técnicas de alumbrado, rescates de náufragos y naufragios propios. Destaca la creación de una emisora de radio en circuito cerrado entre los cuidadores de dos luciérnagas, esta de Sálvora y la de la cercana isla de Ons; Entre dos luces, programas radiofónicos con conversaciones, informaciones locales y mucha música abiertos a “vigilantes, pescadores, contrabandistas, aduaneros, furtivos, beneméritos, piratas, vagabundos de agua salada y, en general, a todo tipo de marineros flotantes”. Y de esta ralea de gente están plagadas estas páginas. El ritmo narrativo es como la vida misma, que apenas repara en un acontecimiento para abandonarlo y atender al siguiente. El sentido global que se percibe en la historia es más importante que los hechos tomados uno a uno, de la misma forma que la envolvente de una melodía, la percepción global, nos interesa más que sus notas. Todo visto desde una atalaya sólida, un barco de piedra tan inmutable que hasta los episodios más dramáticos –los nacimientos y muertes que rodean la vida en el faro- quedan inmediatamente atrás, difuminados en el paso de la vida cotidiana como el oleaje se diluye entre la espuma de una estela.

Al comenzar el diario el mecanismo del faro era aún de combustión, una linterna de fuego con capillos como, creo imaginar, los antiguos faroles de camping gas, girando suavemente sobre un baño de mercurio líquido. Pero la vida pasa y el faro se va transformando, la luz de fuego se electrifica, el progreso llega en forma de paneles solares y mecanismos automatizados. El barco de piedra, el faro de fuego, es ahora una baliza automática, el farero, un técnico mecánico de señales marítimas. Sabemos que el final del oficio se acerca, que la navegación cambia, que quienes andan por las rutas de la alta mar se guían ya por otros sistemas.

En este tránsito de fondo, así como la luz del faro sólo alumbra fugazmente algunos fragmentos de la noche, el autor sólo ha querido mostrar algunos momentos, cargados de actividad y vida. Pero el relato está lleno de saltos temporales de los que nada dice y que, a falta de información, estamos autorizados a suponer llenos de borrascas, soledades, melancolías y nostalgias. Y en el lector reaparecen los tópicos que hacen bueno hasta el sabor de una taza de café soluble.

Las voces broncas del bosque

De los últimos rayos de sol a la noche cerrada. Cuatro fases de un crepúsculo de un verano ya bien avanzado, cuando los bosques se llenan de voces broncas, ásperas y poco adornadas. La mayoría de las aves forestales ya han terminado de criar, y lo que merodea entre los árboles son volantones inexpertos, de voz destemplada, incapaces de entonar las melodías con que sus padres delimitaron hasta hace unas semanas los territorios de cría. Hacia las nueve de la tarde, con pocas excepciones- algún arranque de un zorzal, común, siempre melódico- por el bosque sólo corren silbidos y reclamos regañantes de carboneros, petirrojos y pinzones vulgares; además de los gritos, siempre ásperos, de los córvidos, cornejas y arrendajos.

Una hora más tarde, hacia las diez, con las sombras comienza la jornada para una familia de cárabos. Un par de pollos ya volantones silban y gimen hambrientos, mientras cerca de ellos uno de los adultos ulula. Mala señal: por el momento no hay comida. Lejos, en algún claro del bosque, vuela en círculos un chotacabras gris, ave de la noche.

Hacia las diez y media el cielo aún clarea por el oeste, pero el bosque es una sombra envuelta en silencio.  Roto por unos ladridos broncos. Los corzos, a contracorriente, andan encelados.

Entre tórtolas y jilgueros

Una vaguada en el río Pirón, en Segovia. Un puente de piedra, que aún sobrevive al afán por ensancharlo todo, une las dos orillas de esta angostura de rocas y fresnos. Acaba un día de calor y la tarde, al fin, refresca. Con los arrullos de las tórtolas vuelve la actividad sonora; son cuatro o cinco, y sus voces roncas contrastan con los parloteos líquidos de los jilgueros.

Desde los sillares canta un colirrojo tizón, a quien tanto le da un puente que una roca natural.

Abajo, en las marañas de la orilla, da paso un ruiseñor bastardo. Escapa un mirlo. Y se enzarza con la voz un zarcero.

Siempre en la orilla, reclaman las lavanderas blancas.

Croan las ranas comunes, silban los ruiseñores, armonizan los mirlos, rascan sus alas los grillos. Cae la tarde.

Guadalquivir

A la memoria de Luc Hoffmann

Estrella Morente interpreta el poema de Antonio Machado. Música Pablo Martín Caminero. Imagen Joaquín Gutiérrez Acha. Montaje Iván Aledo.
De la película Guadalquivir, Wanda Natura.

Concierto para mirlo y percusión

Los mirlos ponen la melodía. Los carboneros comunes el ritmo. Los picamaderos negros la percusión. De las gargantas de los primeros salen frases melódicas, notas líquidas y aflautadas, intervalos musicales. Los carboneros repiten rítmicamente sus notas simples. Y al tamborilear,  los pájaros carpinteros utilizan los troncos como instrumentos de percusión.

Cada una de estas especies forestales  canta y reclama por sus propios motivos. Ninguna pretende que sus sonidos armonicencon los de otros habitantes del bosque. Pero todas sus voces juntas, sin más dirección que el azar, se entremezclan en el aire y forman el concierto del bosque. Un concierto para mirlo y percusión.

Por las rutas de la trashumancia

Foto: Antonio Heredia, El Mundo.

Foto: Antonio Heredia, El Mundo.

El pastor sigue al rebaño. Desde la noche de los tiempos. Perseguir manadas de ungulados silvestres nos hizo ganaderos. Pero aquellas migraciones estacionales, de norte a sur, en otoño y primavera, hicieron también a este agreste país.

Poco a poco los ungulados silvestres fueron desplazados y el tintineo de esquilas y cencerros resonó por los campos. Los rebaños extensivos de ovejas, cabras, vacas y caballos suplantaron a los uros, bisontes, ciervos, corzos y cabras silvestres en el trabajo de segar, desbrozar los montes y crear así nuevos paisajes vegetales. Y trashumando por las mismas rutas durante siglos, a fuerza de diente y abonado, formaron el mejor pasto del mundo, resistente a la sequía y al pisoteo.

Las ocho grandes cañadas reales por las que transitan los rebaños, más todo el entramado de cordeles y veredas, forman una red de praderas lineales, de unas decenas de metros de ancho y cientos de kilómetros de longitud. Lo que es bueno para el ganado lo es también para la vida silvestre. Cada pocos kilómetros una charca, un pilón, para solaz de los anfibios; cada jornada de marcha un plantel de árboles, un sestil donde pasar las horas más calurosas del día. Por los márgenes dan su sombra inacabables bosques de galería, se estiran miles de kilómetros de setos y cercas. La diversidad de flora y fauna  de la península ibérica no se puede explicar sin estas vías verdes, rutas de paso para todo lo que se mueve.

Y detrás de los rebaños, las manadas de lobos, salteadores sedentarios unos,  merodeadores en busca de fortuna otros, por los caminos de la trashumancia.

Cuando hace ya más de veinte años Jesús Garzón empezó a acarrear hatos de ovejas merinas, estaba activando uno de los mejores proyectos de conservación de la naturaleza que se ha emprendido en España.  Garzón es un nombre al que quienes defienden la naturaleza le deben mucho más de lo que cabe en estas líneas. Después de recorrer a pie los montes de todo el país, después de luchar por el lobo y frenar la destrucción de las sierras de Monfragüe, Jesús Garzón identificó el problema principal y a ello se dedicó. Literalmente, se echó al monte. En este mundo tan transformado, el medio natural no se concibe sin lo rural. Desde esta perspectiva, miles de ovejas bien apretadas cruzando las calles de Madrid forman algo más que una imagen pintoresca. Son todo un grito de protesta, un balido por la vuelta de las condiciones que moldearon y repoblaron esta tierra.

Publicado en el diario El Mundo, suplemento EM2, el sábado 29 de noviembre de 2014

Paisajes sonoros de los Parques Nacionales

Las portadas de los 14 discos con los paisajes sonoros de la red de Parques Nacionales. Un largo trabajo que comenzó en 1993 y que continúa ahora, con la grabación durante este año del decimoquinto, el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama.

Al acabar toda la colección, remasterizada y puesta al día, estará colgada en la página web de los Parques Nacionales.

¡Y a la espera de la declaración del Parque Nacional de El Hierro!Panel PNbaja