Garajonay. Marzo, el bosque de los mirlos.

No hay un espacio natural con una acústica parecida a la de las laurisilvas de Garajonay. Estos bosques brumosos, de atmósfera quieta, bajo porte y un alto grado de humedad, parecen diseñados para conseguir las mejores condiciones de propagación sonora. La variedad de especies de aves no es muy alta, algo común a todo el archipiélago canario. Pero lo que la naturaleza no pone en variedad, el bosque lo añade en matices. La laurisilva es el mundo de los mirlos. Y aquí, activos a todas horas, y todos los meses del año, parece que cantan mejor que en ningún otro sitio.

Hay otras voces más ásperas. Volando por encima del dosel arbóreo graznan los cuervos. Y posadas en las copas, arrullan las palomas de la laurisilva, la rabiche y la turqué. Voces modestas, roncas, casi inaudibles, con sabor a madera, pero que delatan la presencia de dos de los más valiosos endemismos animales de las Canarias.

Poco a poco empieza a oscurecer y los sonidos del día desaparecen con el avance de la noche. Desde el agua de un pilón, a lo lejos, un grupo de ranitas meridionales empieza a croar. En ese momento oímos unos chillidos agudos y unas notas lúgubres, lejanas: empieza la jornada para una familia de búhos chicos.

Y cuando cierra la noche, en un claro abierto en la arboleda, se aproxima una becada. Viene volando alta, muy rápida. Emite primero un breve ronroneo, seguido de un silbido metálico, muy agudo. Y, al fin, callan los mirlos.

De lobos, cumbias y silencios rotos.

Ir a lobos es siempre una experiencia excitante. Aproximarse a una manada de lobos es pasear cerca del lado agreste de la naturaleza. Más aún si lo que se pretende es grabar sus voces, para lo que se necesita estar muy cerca, contar con la suerte y hasta diría con la complicidad de los lobos; o, al menos, con su indulgente permiso. Y con la guía de algún amigo experto. Ir a lobos es siempre una cuestión de amistad.

Pero acercarse a un aulladero no es fácil. Hay que dar largos rodeos, acercarse lentamente, adivinar la que ha de ser su posición final, esperar a que el viento no propague nuestros ruidos y olores hacia los oídos y los hocicos de los lobos. Hay que prever también bien cuáles serán las condiciones acústicas y ambientales. Las salidas a lobos son crepusculares y nocturnas. La luz, su ausencia, no es problema; el sonido se propaga mejor en la atmósfera fresca y húmeda de la noche.

Venía de pasar unos días viviendo con unos pastores en su majada de los Picos de Europa. Todas las noches, a horas diferentes, algún animal –lobo, zorro o furtivo- merodeaba en torno a la majada y entre los perros, el ganado y el pastor organizaban un estruendo suficiente para alejar a cualquier alma que llevara el diablo. Incluso una vez, en la alta noche, grabé los aullidos de un lobo solitario, pero tan lejanos que ni los perros ni el ganado, mucho menos el pastor, consideraron oportuno ponerse en guardia.

Por eso, para la siguiente intentona hemos elegido con cuidado el día y el lugar. No diré ni cuál ni dónde, pero las condiciones son inmejorables. Durante toda la semana el tiempo ha estado revuelto, pero hoy, con la luna llena, la atmósfera ha templado y no soplan ni una brisa. Acompaño a mi guía, de quien tampoco diré más. La manada de lobos está en su lugar de reunión, su aulladero. Los jóvenes nacidos la pasada primavera no se han incorporado aún a las partidas de caza y al caer la tarde aguardan, más o menos por la misma zona, a que los adultos salgan a buscar comida. Es ahí, y entonces, cuando más probabilidades hay de que los líderes aúllen espontáneamente y de que toda la manada responda.

Para la experiencia hemos seleccionado una manada que vive, casi olvidada, en la cabecera de un valle prácticamente deshabitado, con un río que por estas fechas, a comienzos del otoño, corre con poco caudal, con poco ruido.

Durante más de una hora sigo el camino trazado por mi amigo, ladera arriba por uno de los contrafuertes del valle principal, una subida tan pendiente que las pocas vacas con que nos cruzamos no precisan bajar el cuello para pastar. En lo alto, en el collado que sirve de balcón sobre nuestro valle, los pastizales y tremedales son cortos y lo peor está por llegar. Para llegar a la arista de rocas que nos servirá de oteadero debemos hacer una travesía de unos cientos de metros por un espeso brezal, salpicado aquí y allá por pedreras y achaparradas matas de roble orocantábrico. En las pedreras el problema es no acompañar a las piedras deslizantes en su carrera ladera abajo. Entre los brezos, no herirte con alguna rama astillada. En esta maraña seguimos algunos trazos abiertos por los jabalíes. El enramado es tan espeso que casi siempre se anda a unos centímetros por encima del suelo, sobre un entramado de palos retorcidos. Cuando esta rústica tarima cede, lo que sucede cada pocos pasos, te hundes bruscamente entre ramas tronchadas.

A duras penas salimos del brezal y, por contraste, las rocas verticales y fragmentadas nos ofrecen estabilidad. Hemos llegado a nuestro primer oteadero con tiempo de sobra. El sol se está poniendo por el oeste; la cabecera del valle, orientado según la trayectoria solar, se enciende, y la luna llena “amanece” contra el cielo oscuro. Muy altos, los aviones pasan de largo sin dejar ni ruido ni estelas de vapor, lo que anuncia estabilidad atmosférica y nada de viento. Quietud, silencio. Un valle abierto como un anfiteatro y una manada de lobos, lo intuimos, dispuesta a rellenar el crepúsculo con sus aullidos. Es la hora del lubricán: la hora del lobo.

Sólo hay pequeño detalle discordante. Valle abajo, en línea con nuestra posición y la prevista de los lobos, en una aldea abandonada hay una luz azul. ¿Qué hace un coche de la Guardia Civil con la luz de emergencia en un despoblado? En unos segundos los acontecimientos se van a precipitar y acabarán las dudas. No es la Guardia Civil. Todo a la vez: dos nubecillas de humo aparecen en el aire, sobre la aldea; un segundo después los estampidos de dos cohetes resuenan contra las cuatro esquinas del valle; a la luz azul se le añaden otras de distintos colores; un ronquido, como un carraspeo, anuncia que se ha abierto un micrófono y que empieza una verbena; un lobo, de manera espontánea, se lanza a aullar con constancia, en series encadenadas de entre cuatro y siete aullidos.

En la siguiente hora y media no salimos de nuestro asombro, nos movemos entre la desolación y la esperanza de que, al menos por un minuto, esa profanación del silencio calle. En el despoblado, insólita paradoja, alguien está celebrando una fiesta. Con más decibelios que asistentes –los prismáticos no dejan ver a ninguno-, la cantante de una discomóvil jalea con encomiable ánimo a ritmo de cumbia, rumba y pasodoble. Los únicos que responden con decisión son los lobos, que tampoco callan.

Nunca antes había oído tantos aullidos, tan seguidos. Las grabaciones, claro, no sirven para nada. Pero, pensándolo bien, quizá por sí mismas sean todo un relato sobre la situación real del lobo en España. Un animal huidizo, discreto, a quien seguimos empeñados en asociar con la idea de lo agreste, habitante de la última frontera, pero que se esconda donde se esconda, siempre acabará corriendo por entre las sombras de un mundo colonizado.

Bajo la luna llena de septiembre de 2018, en algún lugar de la cordillera cantábrica.

 

 

Nocturno

La hora del cambio de guardia.

Con este largo montaje, la transición del día a la noche pasando por una tormenta, concluyó mi exposición sobre el paisaje sonoro en el certamen Naturalia 2018, sobre  los nuevos formatos en comunicación ambiental, organizado por la Fundación Tormes.

Primavera en un claro de un bosque, donde el agua acumulada forma una charca. Cae la tarde y es la hora del cambio de guardia, cuando los sonidos del día dan paso a los de la noche.

La voz del cuco anuncia el crepúsculo, junto con el chisporroteo de los petirrojos y la melodía de un mirlo. Son los últimos del día. A la vez, en el suelo, algunos grillos templan sus élitros. El sonido es indeciso, roto. Poco a poco van entonando y las estridencias agudas se expanden y forman un manto continuo sobre el suelo. Lejos retumba un trueno, la lluvia golpea las hojas en los árboles y hace callar a los grillos en el suelo. Pero el agua llama a los habitantes del agua, y los anfibios se activan. Croa, áspero, un sapo corredor; al rato son varios. Croa, con voz rota, una ranita de San Antón; enseguida son un grupo formando un coro pulsante. La lluvia y los anfibios describen una charca.

Deja de llover. Los insectos del suelo vuelven, los anfibios ya no callan. Lejos, ronronea un chotacabras gris, ave de la noche. Por encima de nuestras cabezas oímos unos pulsos agudos, la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos en vuelo de caza.

Entran en acción otras voces de la noche. Ulula un cárabo; silba, a compás, un autillo; desentona el chirrido de la lechuza. Cerca, asustado, ladra un corzo, que escapa hacia la profundidad del bosque.

Todo esto no es más que el preámbulo, la preparación para la entrada en escena de la voz más prestigiosa de la noche: canta un ruiseñor.

Teide. Los sonidos del silencio

El sonido de los Parques Nacionales

Teide. Octubre, los sonidos del silencio.

Pocos lugares tan silenciosos como las planicies de Las Cañadas, la árida extensión dentro de la caldera volcánica que envuelve al Teide. Más allá del soplo de los vientos que se arrastran por sus laderas, recuerdos de los colosales estampidos del pasado, estos parajes del Teide resuenan como un gran escenario vacío.

Pero en la naturaleza, rebuscando bien siempre sale algo. Por los bosques de pino canario de la llamada Corona Forestal, en las laderas exteriores del volcán, los sonidos se propagan lejos y la sensación es de gran amplitud. Cantan aquí los pinzones azules, que hasta no hace muchos años se llamaban, precisamente, del Teide. Los pinos, forrados con una gruesa corteza para soportar mejor el fuego, crujen y rechinan, parece que juegan a la confusión con los tamborileos de los picos picapinos contra esas mismas cortezas.

Por encima de la orla forestal se entra en los malpaíses del volcán. La montaña del Cedro ilustra perfectamente esa transición: pinos escuálidos en la ladera exterior, la que mira al mar lejano, roca pelada, deshecha, hacia el interior, puro fuego apagado. Y aquí, por los Llanos de Ucanca, poca cosa, el parloteo siempre reconocible de los canarios, el trino rechinante de un bisbita caminero, habitante de esta tierra sin ningún sitio a donde ir, los gritos de los cernícalos vulgares sobre los roques y las voces metálicas, como con resorte, de un alcaudón real encaramado sobre un arbusto reseco.

Y en cada arista de roca, a ras de suelo o envolviendo el gran cono volcánico, el viento interpretando toda la escala posible de los sonidos del silencio.

 

 

 

En el reino del hielo. Una historia comparada

En el reino del hielo.

El terrible viaje polar del USS Jeannette.

Hampton Sides, Editorial Capitan Swing.

La historia, seguro, os suena a muchos. Una expedición polar, un barco de madera atrapado en la banquisa de hielo, noche eterna, frío amargo, grandes chasquidos y estremecedoras fuerzas de compresión, la nave hecha astillas y una tripulación abandonada a su suerte, a cientos de kilómetros de tierra firme; se abre entonces una carrera contra reloj para superar el hielo antes de la fusión con la llegada del verano. Pero no, no es lo que estáis pensando. Cambiad de hemisferio, de la Antártida al Ártico, haced retroceder la fecha unos 35 años, a 1880. Cambiad también la nacionalidad, británicos por norteamericanos. Y los protagonistas, Sir Ernest Shackleton y el HMS Endurance por el teniente George De Long al mando del USS Jeannette.

Esta es la epopeya ártica que relata Hampton Sides en el libro En el reino del hielo. Un viaje de exploración que zarpa bajo un falso supuesto, la creencia firmemente extendida de que las aguas del Polo Norte eran navegables a través de un Mar Abierto Polar, protegido por una anillo de hielo pero con accesos practicables, puertas térmicas abiertas por las corrientes cálidas del sur. Por una de ellas, en el estrecho de Bering, debería colarse el Jeannette, “navegando cuesta abajo hacia el Polo”, según expresión de un capitán ballenero que, ironías de la navegación, también se encontraría con su destino en los hielos. La decepción no pudo ser más contundente.

Muy pronto el barco quedó atrapado. Dos inviernos después las enormes fuerzas de compresión lo reducirían a astillas, dando comienzo a una epopeya que acabaría cuatro meses después, a más de mil millas en las costas siberianas, en el delta del río Lena, un mundo de agua, barro y hielo más inhóspito que las llanuras polares. Como los hombres de Shackleton, también la tripulación del Jeannette pasó por todo tipo de dificultades, aunque en eso los británicos tuvieron alguna ventaja, ya que tras ellos, en la Antártida, no merodeaban los osos polares. En ocasiones el avance de la dura marcha hacia el sur era anulado por la deriva de la banquisa hacia el noroeste; en otras, para compensar, los hielos flotaban en la dirección adecuada. En el libro hay momentos de lirismo poco frecuentes en este tipo de aventuras, como la aparición de una mariposa que anuncia la proximidad de una isla, confirmada por el murmullo lejano, más allá de la niebla, de las voces de cientos de miles de aves marinas en las colonias de cría. Tres años después de zarpar de San Francisco, con los expedicionarios separados en tres grupos por una terrible tempestad, llegaron las primeras noticias. No todos sobrevivieron, dos terceras partes de los marinos, entre ellos el comandante De Long, se quedaron por el camino, en tierra siberiana. Su principal logro, tristemente, fue desmentir una idea geográfica absurda.

Cuesta imaginar por qué esta epopeya ártica, tan similar en heroísmo y crudeza a la otra, es tan desconocida. Quizá la expedición británica se produjera en el momento álgido de los viajes polares, con toda la atención volcada en el seguimiento de los repetidos intentos de Scott, Shackleton, Amundsen y demás. Quizá la exaltación del fracaso, el héroe derrotado que se niega a arriar la bandera, casara poco con el espíritu positivo de la entonces joven nación americana. Y, quizá, también faltó la presencia de un fotógrafo como Frank Hurley para alimentar la memoria con imágenes del barco congelado o de los marineros arrastrando los botes sobre el hielo. Las pocas placas fotográficas tomadas en el Jeannette se hundieron con él (También quizá por eso las tres figuras de la portada de esta edición sean miembros de otra expedición, la británica del Nimrod, en una fotografía tomada por el mismísimo Ernest Shackleton en el punto de máximo avance, a la latitud de 88º 23´… Sur).

El libro intercala la narración lineal de la expedición con interesantes apuntes paralelos. La financiación a cargo del excéntrico editor del New York Herald, James Gordon Bennet –el mismo que envió a Stanley en busca del Dr. Livingstone, supongo-, el estado de las ciencias geográficas de la época –pseudociencias, en algunos casos, como quedó trágicamente demostrado-, la cartografía, las técnicas de navegación o la etnografía de las comunidades indígenas del Ártico. En este sentido hay un pasaje impresionante, oscuro y tenebroso, en el que un joven John Muir, el que sería padre de los movimientos por la conservación de la naturaleza en América, que participa en una de las operaciones de rescate, describe la consulta a los chamanes de una tribu del Yukón sobre la suerte de los náufragos. A diferencia de los geógrafos, el oráculo boreal acertó en el pronóstico.

Con todo, en el libro se plantean tres cuestiones de absoluta actualidad. En el último tercio del siglo XIX los barcos enviados en su búsqueda ya buscaban indicios de los exploradores perdidos analizando la basura y los restos de naufragios varados en las playas árticas. Y eso que aún no había empezado la edad del plástico. Además, se constata cómo la caza intensiva de focas, ballenas y morsas en el Ártico supuso la extinción, en muy pocos años, de las culturas indígenas. Inuits, chukchis, yakutos, aleutianos y otros siguieron tras la caza industrial el mismo camino que los indios de las praderas con la extinción de los bisontes. El Mar Abierto Polar, en fin, esa quimera de los geógrafos de entonces, va camino de convertirse en realidad  como consecuencia del calentamiento global.

 

Diario de un farero: e la nave va

Sálvora. Diario de un farero

Julio Vilches

Editorial Hoja de Lata

 

 Hace muchos años una campaña publicitaria mostraba a un farero -barba corta, jersey de cuello alto, fumador de pipa- mientras hacía los preparativos para lo que parecía iba a ser una larga temporada en solitario. Ropa, lectura, latas de comida y un gran tarro de cristal con café soluble: Nescafé para cien días.

El anuncio era eficaz porque enseñaba todos los tópicos que envuelven al mundo de los faros, sólidas linternas de piedra erguidas rompiendo la oscuridad del mar tenebroso, habitadas, como corresponde, por gente recia, austera, en un mundo de tempestades, melancolía y soledad. Y con esos tópicos a cuestas afronté la lectura de Sálvora, Diario de un farero, la particular crónica temporal de Julio Vilches, farero en la isla de Sálvora, en la boca de la Ría de Arosa y hoy integrada en el Parque Nacional de las Islas Atlánticas de Galicia. El relato abarca desde el verano del año 1980 hasta la Nochevieja que dará paso al año 2000, una fecha en la que parece que la vida del autor va a da un giro pero que se abstiene de contar, quizá porque, como se dice en la introducción, llega un momento en que la rutina comienza a superar a la novedad. El diario se lee con la fluidez con la que pasa el tiempo o, si me lo permiten, al ritmo constante con que los haces del faro (tres destellos, negro, uno más) barren la oscuridad de la noche.

Y la realidad, claro, prescinde de los tópicos. El relato, como un cuaderno de bitácora, es una rápida sucesión de historias cotidianas entrelazadas, sin epígrafes ni capítulos que ayuden a jerarquizar, a ordenar para el lector las experiencias de cada día. Así, asistimos a la descripción de un periodos de tiempo luminoso con otros en los que las cortinas de lluvia y las nubes disuelven los horizontes del mar; temporadas de aislamiento por mal tiempo con veranos luminosos vividos entre paseos, excursiones de pesca, marisqueo, anécdotas de la vida familiar, fiestas con amigos, visitantes exóticos, música, juegos, ingeniería de faros, técnicas de alumbrado, rescates de náufragos y naufragios propios. Destaca la creación de una emisora de radio en circuito cerrado entre los cuidadores de dos luciérnagas, esta de Sálvora y la de la cercana isla de Ons; Entre dos luces, programas radiofónicos con conversaciones, informaciones locales y mucha música abiertos a “vigilantes, pescadores, contrabandistas, aduaneros, furtivos, beneméritos, piratas, vagabundos de agua salada y, en general, a todo tipo de marineros flotantes”. Y de esta ralea de gente están plagadas estas páginas. El ritmo narrativo es como la vida misma, que apenas repara en un acontecimiento para abandonarlo y atender al siguiente. El sentido global que se percibe en la historia es más importante que los hechos tomados uno a uno, de la misma forma que la envolvente de una melodía, la percepción global, nos interesa más que sus notas. Todo visto desde una atalaya sólida, un barco de piedra tan inmutable que hasta los episodios más dramáticos –los nacimientos y muertes que rodean la vida en el faro- quedan inmediatamente atrás, difuminados en el paso de la vida cotidiana como el oleaje se diluye entre la espuma de una estela.

Al comenzar el diario el mecanismo del faro era aún de combustión, una linterna de fuego con capillos como, creo imaginar, los antiguos faroles de camping gas, girando suavemente sobre un baño de mercurio líquido. Pero la vida pasa y el faro se va transformando, la luz de fuego se electrifica, el progreso llega en forma de paneles solares y mecanismos automatizados. El barco de piedra, el faro de fuego, es ahora una baliza automática, el farero, un técnico mecánico de señales marítimas. Sabemos que el final del oficio se acerca, que la navegación cambia, que quienes andan por las rutas de la alta mar se guían ya por otros sistemas.

En este tránsito de fondo, así como la luz del faro sólo alumbra fugazmente algunos fragmentos de la noche, el autor sólo ha querido mostrar algunos momentos, cargados de actividad y vida. Pero el relato está lleno de saltos temporales de los que nada dice y que, a falta de información, estamos autorizados a suponer llenos de borrascas, soledades, melancolías y nostalgias. Y en el lector reaparecen los tópicos que hacen bueno hasta el sabor de una taza de café soluble.

Las voces broncas del bosque

De los últimos rayos de sol a la noche cerrada. Cuatro fases de un crepúsculo de un verano ya bien avanzado, cuando los bosques se llenan de voces broncas, ásperas y poco adornadas. La mayoría de las aves forestales ya han terminado de criar, y lo que merodea entre los árboles son volantones inexpertos, de voz destemplada, incapaces de entonar las melodías con que sus padres delimitaron hasta hace unas semanas los territorios de cría. Hacia las nueve de la tarde, con pocas excepciones- algún arranque de un zorzal, común, siempre melódico- por el bosque sólo corren silbidos y reclamos regañantes de carboneros, petirrojos y pinzones vulgares; además de los gritos, siempre ásperos, de los córvidos, cornejas y arrendajos.

Una hora más tarde, hacia las diez, con las sombras comienza la jornada para una familia de cárabos. Un par de pollos ya volantones silban y gimen hambrientos, mientras cerca de ellos uno de los adultos ulula. Mala señal: por el momento no hay comida. Lejos, en algún claro del bosque, vuela en círculos un chotacabras gris, ave de la noche.

Hacia las diez y media el cielo aún clarea por el oeste, pero el bosque es una sombra envuelta en silencio.  Roto por unos ladridos broncos. Los corzos, a contracorriente, andan encelados.