Garajonay. Marzo, el bosque de los mirlos.

No hay un espacio natural con una acústica parecida a la de las laurisilvas de Garajonay. Estos bosques brumosos, de atmósfera quieta, bajo porte y un alto grado de humedad, parecen diseñados para conseguir las mejores condiciones de propagación sonora. La variedad de especies de aves no es muy alta, algo común a todo el archipiélago canario. Pero lo que la naturaleza no pone en variedad, el bosque lo añade en matices. La laurisilva es el mundo de los mirlos. Y aquí, activos a todas horas, y todos los meses del año, parece que cantan mejor que en ningún otro sitio.

Hay otras voces más ásperas. Volando por encima del dosel arbóreo graznan los cuervos. Y posadas en las copas, arrullan las palomas de la laurisilva, la rabiche y la turqué. Voces modestas, roncas, casi inaudibles, con sabor a madera, pero que delatan la presencia de dos de los más valiosos endemismos animales de las Canarias.

Poco a poco empieza a oscurecer y los sonidos del día desaparecen con el avance de la noche. Desde el agua de un pilón, a lo lejos, un grupo de ranitas meridionales empieza a croar. En ese momento oímos unos chillidos agudos y unas notas lúgubres, lejanas: empieza la jornada para una familia de búhos chicos.

Y cuando cierra la noche, en un claro abierto en la arboleda, se aproxima una becada. Viene volando alta, muy rápida. Emite primero un breve ronroneo, seguido de un silbido metálico, muy agudo. Y, al fin, callan los mirlos.

De lobos, cumbias y silencios rotos.

Ir a lobos es siempre una experiencia excitante. Aproximarse a una manada de lobos es pasear cerca del lado agreste de la naturaleza. Más aún si lo que se pretende es grabar sus voces, para lo que se necesita estar muy cerca, contar con la suerte y hasta diría con la complicidad de los lobos; o, al menos, con su indulgente permiso. Y con la guía de algún amigo experto. Ir a lobos es siempre una cuestión de amistad.

Pero acercarse a un aulladero no es fácil. Hay que dar largos rodeos, acercarse lentamente, adivinar la que ha de ser su posición final, esperar a que el viento no propague nuestros ruidos y olores hacia los oídos y los hocicos de los lobos. Hay que prever también bien cuáles serán las condiciones acústicas y ambientales. Las salidas a lobos son crepusculares y nocturnas. La luz, su ausencia, no es problema; el sonido se propaga mejor en la atmósfera fresca y húmeda de la noche.

Venía de pasar unos días viviendo con unos pastores en su majada de los Picos de Europa. Todas las noches, a horas diferentes, algún animal –lobo, zorro o furtivo- merodeaba en torno a la majada y entre los perros, el ganado y el pastor organizaban un estruendo suficiente para alejar a cualquier alma que llevara el diablo. Incluso una vez, en la alta noche, grabé los aullidos de un lobo solitario, pero tan lejanos que ni los perros ni el ganado, mucho menos el pastor, consideraron oportuno ponerse en guardia.

Por eso, para la siguiente intentona hemos elegido con cuidado el día y el lugar. No diré ni cuál ni dónde, pero las condiciones son inmejorables. Durante toda la semana el tiempo ha estado revuelto, pero hoy, con la luna llena, la atmósfera ha templado y no soplan ni una brisa. Acompaño a mi guía, de quien tampoco diré más. La manada de lobos está en su lugar de reunión, su aulladero. Los jóvenes nacidos la pasada primavera no se han incorporado aún a las partidas de caza y al caer la tarde aguardan, más o menos por la misma zona, a que los adultos salgan a buscar comida. Es ahí, y entonces, cuando más probabilidades hay de que los líderes aúllen espontáneamente y de que toda la manada responda.

Para la experiencia hemos seleccionado una manada que vive, casi olvidada, en la cabecera de un valle prácticamente deshabitado, con un río que por estas fechas, a comienzos del otoño, corre con poco caudal, con poco ruido.

Durante más de una hora sigo el camino trazado por mi amigo, ladera arriba por uno de los contrafuertes del valle principal, una subida tan pendiente que las pocas vacas con que nos cruzamos no precisan bajar el cuello para pastar. En lo alto, en el collado que sirve de balcón sobre nuestro valle, los pastizales y tremedales son cortos y lo peor está por llegar. Para llegar a la arista de rocas que nos servirá de oteadero debemos hacer una travesía de unos cientos de metros por un espeso brezal, salpicado aquí y allá por pedreras y achaparradas matas de roble orocantábrico. En las pedreras el problema es no acompañar a las piedras deslizantes en su carrera ladera abajo. Entre los brezos, no herirte con alguna rama astillada. En esta maraña seguimos algunos trazos abiertos por los jabalíes. El enramado es tan espeso que casi siempre se anda a unos centímetros por encima del suelo, sobre un entramado de palos retorcidos. Cuando esta rústica tarima cede, lo que sucede cada pocos pasos, te hundes bruscamente entre ramas tronchadas.

A duras penas salimos del brezal y, por contraste, las rocas verticales y fragmentadas nos ofrecen estabilidad. Hemos llegado a nuestro primer oteadero con tiempo de sobra. El sol se está poniendo por el oeste; la cabecera del valle, orientado según la trayectoria solar, se enciende, y la luna llena “amanece” contra el cielo oscuro. Muy altos, los aviones pasan de largo sin dejar ni ruido ni estelas de vapor, lo que anuncia estabilidad atmosférica y nada de viento. Quietud, silencio. Un valle abierto como un anfiteatro y una manada de lobos, lo intuimos, dispuesta a rellenar el crepúsculo con sus aullidos. Es la hora del lubricán: la hora del lobo.

Sólo hay pequeño detalle discordante. Valle abajo, en línea con nuestra posición y la prevista de los lobos, en una aldea abandonada hay una luz azul. ¿Qué hace un coche de la Guardia Civil con la luz de emergencia en un despoblado? En unos segundos los acontecimientos se van a precipitar y acabarán las dudas. No es la Guardia Civil. Todo a la vez: dos nubecillas de humo aparecen en el aire, sobre la aldea; un segundo después los estampidos de dos cohetes resuenan contra las cuatro esquinas del valle; a la luz azul se le añaden otras de distintos colores; un ronquido, como un carraspeo, anuncia que se ha abierto un micrófono y que empieza una verbena; un lobo, de manera espontánea, se lanza a aullar con constancia, en series encadenadas de entre cuatro y siete aullidos.

En la siguiente hora y media no salimos de nuestro asombro, nos movemos entre la desolación y la esperanza de que, al menos por un minuto, esa profanación del silencio calle. En el despoblado, insólita paradoja, alguien está celebrando una fiesta. Con más decibelios que asistentes –los prismáticos no dejan ver a ninguno-, la cantante de una discomóvil jalea con encomiable ánimo a ritmo de cumbia, rumba y pasodoble. Los únicos que responden con decisión son los lobos, que tampoco callan.

Nunca antes había oído tantos aullidos, tan seguidos. Las grabaciones, claro, no sirven para nada. Pero, pensándolo bien, quizá por sí mismas sean todo un relato sobre la situación real del lobo en España. Un animal huidizo, discreto, a quien seguimos empeñados en asociar con la idea de lo agreste, habitante de la última frontera, pero que se esconda donde se esconda, siempre acabará corriendo por entre las sombras de un mundo colonizado.

Bajo la luna llena de septiembre de 2018, en algún lugar de la cordillera cantábrica.

 

 

Nocturno

La hora del cambio de guardia.

Con este largo montaje, la transición del día a la noche pasando por una tormenta, concluyó mi exposición sobre el paisaje sonoro en el certamen Naturalia 2018, sobre  los nuevos formatos en comunicación ambiental, organizado por la Fundación Tormes.

Primavera en un claro de un bosque, donde el agua acumulada forma una charca. Cae la tarde y es la hora del cambio de guardia, cuando los sonidos del día dan paso a los de la noche.

La voz del cuco anuncia el crepúsculo, junto con el chisporroteo de los petirrojos y la melodía de un mirlo. Son los últimos del día. A la vez, en el suelo, algunos grillos templan sus élitros. El sonido es indeciso, roto. Poco a poco van entonando y las estridencias agudas se expanden y forman un manto continuo sobre el suelo. Lejos retumba un trueno, la lluvia golpea las hojas en los árboles y hace callar a los grillos en el suelo. Pero el agua llama a los habitantes del agua, y los anfibios se activan. Croa, áspero, un sapo corredor; al rato son varios. Croa, con voz rota, una ranita de San Antón; enseguida son un grupo formando un coro pulsante. La lluvia y los anfibios describen una charca.

Deja de llover. Los insectos del suelo vuelven, los anfibios ya no callan. Lejos, ronronea un chotacabras gris, ave de la noche. Por encima de nuestras cabezas oímos unos pulsos agudos, la parte audible de los ultrasonidos de los murciélagos en vuelo de caza.

Entran en acción otras voces de la noche. Ulula un cárabo; silba, a compás, un autillo; desentona el chirrido de la lechuza. Cerca, asustado, ladra un corzo, que escapa hacia la profundidad del bosque.

Todo esto no es más que el preámbulo, la preparación para la entrada en escena de la voz más prestigiosa de la noche: canta un ruiseñor.

Teide. Los sonidos del silencio

El sonido de los Parques Nacionales

Teide. Octubre, los sonidos del silencio.

Pocos lugares tan silenciosos como las planicies de Las Cañadas, la árida extensión dentro de la caldera volcánica que envuelve al Teide. Más allá del soplo de los vientos que se arrastran por sus laderas, recuerdos de los colosales estampidos del pasado, estos parajes del Teide resuenan como un gran escenario vacío.

Pero en la naturaleza, rebuscando bien siempre sale algo. Por los bosques de pino canario de la llamada Corona Forestal, en las laderas exteriores del volcán, los sonidos se propagan lejos y la sensación es de gran amplitud. Cantan aquí los pinzones azules, que hasta no hace muchos años se llamaban, precisamente, del Teide. Los pinos, forrados con una gruesa corteza para soportar mejor el fuego, crujen y rechinan, parece que juegan a la confusión con los tamborileos de los picos picapinos contra esas mismas cortezas.

Por encima de la orla forestal se entra en los malpaíses del volcán. La montaña del Cedro ilustra perfectamente esa transición: pinos escuálidos en la ladera exterior, la que mira al mar lejano, roca pelada, deshecha, hacia el interior, puro fuego apagado. Y aquí, por los Llanos de Ucanca, poca cosa, el parloteo siempre reconocible de los canarios, el trino rechinante de un bisbita caminero, habitante de esta tierra sin ningún sitio a donde ir, los gritos de los cernícalos vulgares sobre los roques y las voces metálicas, como con resorte, de un alcaudón real encaramado sobre un arbusto reseco.

Y en cada arista de roca, a ras de suelo o envolviendo el gran cono volcánico, el viento interpretando toda la escala posible de los sonidos del silencio.

 

 

 

Aurrulaque 2018

Sierra de Guadarrama, donde el viento canta.

Este es el texto del Manifiesto del Aurrulaque, la concentración anual en la Pradera de Navarrulaque, en la que los montañeros de la sierra reivindicamos la preservación del Guadarrama. En este año, con voz queda, pedíamos respeto por el silencio de las montañas. 

Treinta y cinco ediciones ya, organizadas por Antonio Sáenz de Miera y, a partir de ahora, por la RSEA Peñalara. La sierra está en buenas manos.

Hablemos de paisajes sonoros, de la banda sonora de la Sierra de Guadarrama. En el año 1999 fundamos la Sociedad Castellarnau, de amigos de Valsaín y La Granja. Y elaboramos una declaración de intenciones en forma de decálogo (en realidad contenía once premisas, tantas como letras tiene el apellido Castellarnau). La segunda de ellas decía:

Apreciamos que la belleza del lugar no ha de verse mermada por actuaciones incorrectas. La belleza que queremos preservar habita tanto en los pequeños detalles como en los grandes espacios.

En esta sentencia se encuentra la entidad del paisaje sonoro, la suma de muchos elementos, pequeños detalles, para formar un gran espacio. Un gran concierto.

Este otro texto de Eduardo Martínez de Pisón, referido a los pinares serranos, resuena en la misma tonalidad:

El pinar a finales del invierno es en realidad la unión de la belleza de la silueta del tronco, del color tan identificador del ramaje rojizo, del crepitar que apenas se oye de su corteza, el paso entre las acículas de los pájaros, un trino lejano y otro próximo y distinto, el claro soleado, los brillos de las micas del granito en el borde de la senda, el sonido del agua, el centelleo de la cumbre nevada entre las copas, el gran bloque gris medio cubierto de musgo, el aroma de las plantas de la ribera o de la sombra, la permanencia de un elegante estilo de la naturaleza, el reencuentro con los recuerdos…

Belleza, crepitares apenas audibles, trinos lejanos, distintos, brillos, el sonido del agua, el reencuentro con los recuerdos… No se puede sintetizar mejor, con más elegancia, el concepto de paisaje sonoro. Esa es la actitud del que escucha, el que espera pacientemente, se acuerda de lo que ya vivió y busca refugio en las soledades. Unas soledades que siempre han anidado en las montañas y que cada vez es preciso buscar más lejos, más hacia el fondo de los valles que en las cumbres.

Al hablar de protección de la naturaleza, de la vida en los bosques, es un clásico citar a H.D. Thoreau, quien escribió cosas como que “cualquier sonido escuchado en la distancia produce el mismo efecto, una vibración de la lira universal”.

Pero yo siempre he preferido a John Muir, contemporáneo suyo, con una visión de la naturaleza muy interesante. Muir fundó el Sierra Club, empujó para la creación del Parque Nacional de Yosemite, creó la definición de parque nacional. Pero, sobre todo, se refirió al concepto de Última Frontera. Se refería a un espacio virgen, lejano, intangible, en el que descansaba la idea de lo sublime, la noción misma de la esencia de un país. Para John Muir esa última frontera era Alaska, el gigantesco e inaccesible territorio, la morada de la naturaleza salvaje.

Nosotros no tenemos esos grandes territorios boreales, pero, modestamente, tenemos la sierra. Para muchos madrileños, un espacio antes evocado que conocido: Siete Picos, Peñalara, Cuerda Larga, La Granja…

Una frontera simbólica, pues, pero que lleva al montañero, al naturalista, a buscarla no sólo tras los rincones más recónditos de la sierra, sino también en los momentos más serenos. Un viaje por el espacio, pero también por las horas, un recorrido con nocturnidades y madrugones, al lugar, no necesariamente muy lejano, donde el ruido aún no ha despertado y donde el viento (y los pájaros, y los anfibios, y los insectos) cantan.

Y, ¿qué silencios se escuchan en estas montañas? Pues esos “silencios que parecen sonoros” a los que hacía alusión Pío Baroja en su novela Camino de Perfección.

Sonoro es el silencio blanco de las nevadas, cuando todo se mueve pero nada suena. Sonoro es el murmullo de los valles, un rumor continuo formado por la suma de las voces de vientos y aguas, filtradas por la vegetación y atenuadas por la distancia. Silencio verde -serenidad, que es lo que en realidad queremos decir cuando hablamos de silencio-, es el viento largo que transporta el canto de los pájaros, la suma de muchas voces, diferentes mensajes, ninguno dirigido a nosotros, pero que nosotros interpretamos como la música del paisaje. Lo que incluye frases musicales-mirlos-, ritmo y compás- carboneros- y hasta percusión, en los tamborileos de los pájaros carpinteros que resuenan y convierten al bosque, al pinar, en un instrumento de percusión.

Desmenucemos un paisaje sonoro. Un pájaro que canta delimita su territorio; dos pájaros son un conflicto, una pelea a voces; todos los pájaros de un lugar, más el viento, más los crujidos de las ramas y el susurro de millones de hojas componen el concierto de un bosque. Un cencerro es una oveja; varios –piquetas, peseteras, zumbos- son un rebaño; junto a las voces del pastor y los ladridos de los perros sugieren una cultura, una forma de vida. Y un trueno que estalla en el cielo y retumba por las laderas rellenando todos los espacios y recovecos, esboza la imagen sonora de un valle.

Los sonidos del Guadarrama, los silencios, no resuenan sólo en el paisaje. También los encontramos en los textos. Ya hemos visto algunos ejemplos. De ese tipo de silencio, de sosiego, se ha escrito cuando se escribe de la Sierra. Pero, ¿quién reconocería hoy La Pedriza en esta descripción de Constancio Bernaldo de Quirós?:

Y apenas la noche ha suprimido las formas y el color del mundo y el paisaje, éste adquiere nuevos elementos de sensaciones hasta entonces relegadas por la luz a términos lejanos, casi subconscientes. Repentinamente el arroyo parece haber aumentado su caudal al oírsele más fuerte e insistente; el aire tiene vagos olores de esencias que emanan de excelsas lejanías silentes…

¿Quién, como José María Gabriel y Galán, recuerda una noche como esta?

Yo he pasado negras noches en la selva

recostado cabe el tronco de un abeto.

 Escuchando los rumores del torrente

  y los trémulos bramidos de los ciervos,

y el ahullido (sic) plañidero de la loba,

y las músicas erráticas del viento,

 y el insólito graznido de los cárabos

 que parece carcajada del infierno.

O esta de Pedro Fernández-Cocero, el mejor escritor de La Granja:

En torno a mi pequeña tienda de campaña, merodeos sigilosos sobre materia vegetal. Silencio sin fisuras, después. Y ahora la blanda conversación entre la brisa y la lona. En algún lugar, sin ubicación, el ulular de las aves rapaces, señoras de la tiniebla. Dilatada pausa. Una piña, que ha esperado esta hora para caer. Ha girado sin duda una térmica y el arroyo lejano dice por breves momentos que sigue allí donde lo sabíamos. El arroyo enmudece. Pirámides de ningún ruido.

Cerrando con algunos pasajes  de Antonio Machado:

Lejos relumbra la piedra

del áspero Guadarrama.

Agua que brilla y no suena (…).

(…) Allí hay barrancos hondos

De pinos verdes donde el viento canta.


El ruido

Hasta aquí la música. A partir de ahora, el ruido.

El sonido, además, nos permite observar nuestro entorno desde otra perspectiva. Podemos cerrar los ojos y dejar de ver. Pero no podemos cerrar los oídos y volvernos sordos a los mensajes que emite el paisaje. En cierto modo, la mirada nos coloca como espectadores en el borde del espacio; todo lo que vemos está enfrente y más allá de nuestros ojos. El oído, en cambio, es inmersivo, siempre nos coloca en el centro del espacio sonoro, envueltos por voces, murmullos, crujidos y silencios. El sonido no respeta los límites, sólo distancias.

Y esto es lo que nos cuenta.

La soledad sonora del Guadarrama está siendo asaltada desde todas las esquinas. Por arriba, al caer íntegramente bajo la sombra acústica del aeropuerto de Barajas, que según los vientos que dirigen a los aviones, utiliza –ironías- el puerto de Cotos como baliza de aproximación.

Por las carreteras, nieva, llueva o haga sol, avanza un rugido imparable que rellena el fondo de los valles de suciedad sonora.

Contra todo esto poco se puede hacer. Es el signo de los tiempos, dicen. Pero luego a ello hay que sumar otros pequeños “ruidos”. Los que proceden de ciertas actividades que, oídos uno a uno, pudieran parecer murmullos pasajeros pero que, en conjunto, aportan nuevos estruendos. Las aglomeraciones en determinadas zonas, las carreras de montaña masificadas, la competición para hollar más alto, más lejos y más fuerte… y a ser posible en tropel. Si un caminante, un corredor o un ciclista son sólo un punto, una carrera es un trazo, una ráfaga.

Hay otro tipo de “ruido”, que no suena, pero que impone mutismo a la sierra. Es la luz, la luz nocturna que derrochamos a manos llenas y que enciende los espacios más oscuros con el halo lechoso de los vapores de sodio. Y bajo esa luz espectral las aves nocturnas callan, se retiran, de día empujadas por el ruido, de noche por la claridad artificial. Un cerco que se cierra y que desde hace años cuenta con una cabeza de puente en lo que debería ser el corazón de las tinieblas, la iluminación del puerto de Navacerrada que, como una mancha, interrumpe los perfiles negros de las montañas nocturnas.

Y todo esto en un Parque Nacional, donde, al menos sobre el papel, las prioridades deberían estar claras. Pero lo cierto es que el futuro de la sierra es un enigma.

Porque un Parque Nacional no es garantía de nada.

El de Ordesa y Monte Perdido se fundó hace ahora cien años para preservar el bucardo pirenaico, extinguido hace unos años.

En La Montaña de Covadonga, donde, por cierto, se inauguró la política de compartimentación en la cogestión al ser ampliado a Picos de Europa, ha pasado un siglo sin templar en la guerra entre ganaderos y lobos. Lo malo es que ahora el PN parece que ha cambiado de bando.

Las Tablas de Daimiel no son dos ríos que se desbordan en la llanura manchega, sino una represa. Paradójicamente, uno de ellos, el Guadiana, ya no nace en los Ojos, sino en la cabecera del Tajo, a través del trasvase al Segura.

Sierra Nevada lucha por no ser una sucursal de Solynieve.

El Archipiélago de Cabrera es cada vez más un fondeadero de yates.

Las Islas Atlánticas de Galicia deberían cambiar su nombre por el de Playas Atlánticas de Galicia.

El Teide es el primer destino turístico de naturaleza de España.

¿Y Guadarrama…?

Lo dicho, un enigma. Porque aquí se puede estar trazando el futuro del significado de un Parque Nacional. Así como hace un siglo se pensaba en la sierra como modelo (educativo, regeneracionista, higienista), parece que hoy en día la sierra también puede servir de inspiración, de modelo para la gestión de los espacios naturales, sometidos a la presión intensa de una ciudadanía ansiosa por escapar, siquiera por unas horas, de sus barreras. Y la sierra, que fue barrera para tantas avalanchas, puede que no sea capaz de soportar esta.

Y todo esto se produce porque ha tenido lugar un cambio de paradigma. El éxito de la gestión de un espacio protegido se mide ahora por el número de visitantes. El placer de una visita, por las facilidades para llegar hasta el final con el menor esfuerzo. El resultado es la trivialización de lo sublime. En la Sierra cabe mucha gente; en el ruido no cabe el silencio.

Cambios climáticos

¿Y qué más? Lo peor que está por venir. Otra oleada. Las temperaturas suben, los veranos empiezan cada año un poco antes, de manera que aquí, en la sierra, en los últimos treinta años la llegada de la temporada estival se ha adelantado tres semanas. El aumento de las temperaturas es visible en la reducción de los neveros, en la sequedad de los ventisqueros. Las lluvias se concentran, las tormentas veraniegas son raras. Y el paisaje sonoro cambia. La composición de la orquesta varía. Algunas especies, las más resistentes, se dejan oír cada vez más. Otras, mas sensibles, discretamente callan. En las zonas tranquilas, por las noches, aumenta el número de cárabos, pero cada vez se oyen menos, y por menos tiempo, los ronroneos de los chotacabras. En las praderas de la rampa se escucha cada vez menos el bordoneo intenso de las abejas, la base de tantas cosas. La termoclina sube, y con ella llegan nuevas voces. Podría parecer una buena noticia, pero el canto nocturno de los ruiseñores, tan refrescante, asciende ladera arriba hasta puntos donde, al menos yo, no había reparado en ellos. Y no, definitivamente, no es una buena noticia la incorporación al concierto natural del pinar de Valsaín, a 1.200 metros de altitud en la cara norte, fresca y umbría, de un sonido tan asociado al calor veraniego como el de las cigarras, las “chicharras”. Si, como se suele decir, el sonido es un termómetro, no hay mejor indicio de la subida de las temperaturas que la aparición de este sonido estridente, de dientes de sierra, que nos recuerda el significado de la palabra “achicharrarse”.

De momento todo ello ruidos que –salvo el de los aviones- ascienden desde el fondo de los valles. La altitud y las pendientes de las montañas siempre han sido su defensa. Hasta que la gente decidió aceptar el desafío.

¿Y qué pinta un naturalista metido a técnico de sonido denunciando este pandemonium? Poca cosa, o nada. Una voz contra muchas, ni siquiera un contrapeso.

Para terminar volveré a nuestro manifiesto fundacional, el punto once de nuestro decálogo:

        Utilizaremos el debate y la polémica, pero sin olvidar el buen gusto y el respeto al               otro, actuando siempre bajo los dictados de la libertad y el buen humor.

Pues lo dicho. A correr, a trepar y a triscar por las veredas de la sierra. Con una sonrisa y, por favor, en silencio.

Carlos de Hita, Valsaín, julio de 2018.

Venticuatro horas de escucha en El Aljarafe.

 

El resumen de una grabación continua de venticuatro horas en los pinares de la comarca sevillana de El Aljarafe, al noreste de Doñana, entre los días 4 y 5 de abril de 2018.  De las fantasmagorías de los cárabos en los primeros momentos de la noche al amanecer de milanos negros, cucos y demás aves forestales. Del silencio de la alta noche a las horas más ruidosas del mediodía. Y hacia las 14.00, pasado el minuto 6 del vídeo, se produce una sorpresa. Está algo lejos y apenas dura unos segundos: cuando menos se lo espera gruñe un lince.