La niebla que esconde al oso

Este documento, grabado en el occidente de Asturias, fue publicado en el blog El sonido de la naturaleza en verano de 2017. Meses después, durante la sequía otoñal, una serie de incendios provocados por criminales del bosque arrasaron estos valles. Algunos bomberos forestales informan de haber escuchado los gritos de los osos desde el fuego. No he querido saber cuánto de todo esto ya no existe.

Amanece una mañana de verano en los valles de la cordillera cantábrica. Las nieblas rellenan los fondos de las vaguadas, se enredan en los árboles, se deshilachan en jirones sobre las crestas rocosas. Velan el territorio por donde merodea el oso.

Los perfiles del bosque se difuminan.  El horizonte se cierra a unos pocos cientos de metros y las formas se diluyen, lo que, no obstante, no impide la propagación de las voces. Escribanos cerillos y bisbitas alpinos  silban en los prados. Cuervos, cornejas, picamaderos negros, zorzales y demás aves gritan en los bosques. El tintineo del ganado rellena el telón de fondo.

El sol va templando la mañana y al abrirse un claro, entre jirones, la niebla nos enseña el secreto mejor guardado: una osa y sus esbardos han salido al claro y pastan la hierba fresca.

A vuelapluma

Escrito con letras cogidas del aire

Grajo: palabrota con alas

Ramón Gómez de la Serna, Greguerías

 

Con toda probabilidad, lakalaka es la primera alusión al paisaje sonoro de la historia. El término aparece escrito en una tablilla de barro de época sumeria, con cuatro mil años de antigüedad, y se refiere a un ave grande que habitaba en edificios urbanos. La lakalaka es la cigüeña y el nombre es una onomatopeya, la transcripción del sonido del crotorar, el castañeteo que hacen estas aves con el pico en la ceremonia de salutación del nido.

Desde entonces el sonido está muy presente en los nombres vernáculos de las aves. Un texto con la relación de las especies que cantan, silban y gorjean en un lugar es como un dictado, una transcripción de la componente sonora del paisaje. El concierto natural está escrito en el aire.

Por ejemplo. En casi cualquier arboleda, al amanecer de primavera, los primeros compases suelen venir de la totovía, un pájaro que en las dos últimas sílabas lleva escritas las notas finales de su secuencia de canto. También con las primeras luces los cucos pronuncian su nombre desde todas las esquinas del bosque, mientras las palomas zuritas zurean, las tórtolas emiten su arrullo -tur tur- y los zorzales charlos dejan oír su reclamo, un chirrido líquido. Los pinzones lanzan sus silbidos –pin pin- fuertes y agudos. Y una multitud de páridos ocupa con sus voces el fondo sonoro del bosque: los términos chichipán, chapín, machachín, cuchinchín y pichichí, entre otros muchos vernáculos diseminados por toda España, pronunciados con el ritmo y la entonación adecuadas, son transcripción casi perfecta del canto de los carboneros comunes. Al tiempo, la llamada bi y trisilábica de las abubillas –bu bu bu-, en frases rápidas y repetidas hasta el aburrimiento, colorean el más literario de los paisajes.

Bisbisean los bisbitas, ganguean las gangas. Las bandadas de sisones vuelan envueltas en el siseo agudo que emiten las puntas de las alas al batir. El críalo, pariente cercano del cuco, grita y parece mandar un recado -“críalo, críalo”- a las aves parasitadas encargadas de sacar adelante a sus pollos.

Pero si hay un grupo que lleve la voz escrita en el nombre es el de los córvidos. Pronúnciense las palabras cuervo, graja, corneja, arrendajo, urraca y chova haciendo rodar las erres, arrastrando las jotas desde lo más alto del paladar, y se tendrá un desgarrado catálogo de los graznidos, quejidos, crujidos y crocitares de estas aves.

Al caer la tarde se produce el cambio de guardia, y el concierto cambia también de tonalidad. Grillan los grillos y de las espesuras salen unos silbidos agudos encadenados con un breve ronquido: reclama la silbarronca, el otro nombre del ruiseñor. La pagañera, que es como también se conoce al chotacabras pardo, deja oír su matraqueo repetitivo –pagá, pagá– mientras vuela en círculos sobre los claros del bosque. Silban los gatillos de monte, los autillos –aut aut– y maúllan los bien llamados gatomochuelos.

Pasará el verano y llegarán los fríos del otoño. Y con ellos las grullas gruirán, ganguearán los gansos y silbarán los ánades silbones. Reirán las gaviotas reidoras, mugirán los avetoros, trinarán los zarapitos trinadores y los archibebes –chí vi ví, o tiu bo bó, según se oiga-. Hasta que cualquier noche, allá por diciembre, en lo más oscuro del año, una nota larga y profunda se escuche, como suspendida entre dos paredones rocoso: los búhos reales lanzan la primera sílaba de su nombre.

Publicado en el número de la revista Leer de febrero de 2017, dedicado a la literatura de la naturaleza.

El explorador de un mundo que fue

Obituario

Ha muerto José Manuel Novoa, explorador, etnógrafo, autor de más de 150 documentales emitidos en las grandes cadenas de televisión, con una presencia habitual en National Geographic Channel, RTVE o el Canal Arte, entre otros. Un viajero que a lo largo de cuarenta años conoció como pocos este mundo. Y nos lo contó.

Jose Manuel Novoa, el Patrón, como le conocía todo el mundo después de que fuera ascendido a tal categoría por los conductores nativos de una caravana por el Sahel, empezó a viajar por el mundo a mediados de los años 70. Transitó rincones apartados y se expuso mil veces para conocer las muchas formas en las que los humanos nos relacionamos con nuestro entorno. Viajó con los nómadas tsatan, pastores de renos de Siberia, cruzó el desierto de Teneré en caravanas con los tuareg, recorrió el altiplano boliviano con los callahuayas. En su búsqueda incansable arriesgó mucho al cruzar, inesperadamente, por conflictos tribales en el norte de Australia o en el territorio peul. O al topar con los huaqueros peruanos, los peligrosos ladrones de tumbas preincaicas. Y allí precisamente, en los Andes, a semejanza de Howard Carter y Lord Carnarvon en el Valle de los Reyes un siglo antes, José Manuel también asistió a la apertura de tumbas reales y vio momias rodeadas de objetos maravillosos.

Pero fuera cual fuera el camino, las rutas de José Manuel Novoa siempre conducían a los misterios de África. Allí conoció y documentó culturas y tradiciones luminosas, tales como los últimos restos de los imperios bantú y ashanti. Pero también otras más oscuras en la profundidades de las selvas de Guinea o Camerún, donde se celebran los misterios secretos de la religión de la brujería velados por el humo de los sahumerios, las alucinaciones y el miedo. Entonces, en sus relatos sobre los hechos herméticos que acontecen en el corazón de las tinieblas, Novoa, siempre tan directo, tan claro en sus explicaciones, callaba con prudencia y, como todo iniciado, invitaba a sobreentender con sus silencios y una mirada evasiva aquello que no decía.

Era un narrador un poco a la antigua usanza, conciso, serio, de aspecto formal. Hablaba con una voz educada, templada en cientos de horas de conversación radiofónica, en la Cadena Ser primero, en el programa Gente Viajera, de Onda Cero, después. Un documentalista que conocía el poder de fascinación del dato preciso, del hecho bien contado, que huía del estilo estridente y sensacionalista al uso. Viajó sin parar en busca de lo inmutable por un mundo en transformación. En sus cuarenta años de actividad, la humanidad ha conocido cambios no vistos en siglos. Observó desde la primera fila tradiciones ya desaparecidas para siempre, rituales que pronto perderían su sentido, culturas difuminadas en las miserias de la globalización, escenarios naturales borrados de los mapas por los que transitaba. José Manuel Novoa acabó siendo el explorador de un mundo que ya no existía. Y al final la muerte, que tantas veces se cruzó en su camino y le permitió seguir adelante, lo encontró en la madrugada del 15 de septiembre, en la cama. En su casa.

Transcripción del obituario publicado por el diario El Mundo el martes 19 de septiembre de 2017.

Las voces del zorro

Un paseo por el lado oscuro de los campos

Anochece en los campos de la meseta. Hacia el oeste, iluminado por la luz roja del sol poniente, todavía se escuchan las últimas voces del día, las de los os mirlos y demás aves que han despertado a mediados de este falso invierno. Hacia el este, descolorido por la luz fría de la noche que se acerca, no suena casi nada. Tan solo los gritos alarmados de un búho real, y unos ladridos sólo aparentemente lastimeros. En las noches de febrero los zorros están en celo. Siempre fugitivos, siempre merodeando por el lado oscuro.

La luz infrarroja de una cámara de fototrampeo nos permite espiarlos. El primer encuentro es con un par de puntos encendidos por la luz invisible. Empieza así un juego de distancias en el que, alternativamente, escuchamos sus llamadas desde diferentes perspectivas. De la lejanía nos llegan unos ladridos roncos, aspirados, como gritos astillados, y los lamentos con los que los machos y hembras se llaman entre sí; todo ello amplificados por el vacío en el que reverbera la noche. En las distancias cortas oímos los inesperados gruñidos y cacareos con los que discuten por cosas más triviales, como algunos restos de comida.

La noche avanza, la temperatura baja. Nadie, ni un fugitivo de la oscuridad, se libra de un resfriado.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2017/02/24/las-voces-del-zorro.html

Sobre un paisaje nevado

La vega nevada parece detenida por el frío. Nos dejamos llevar por una suave brisa que apenas altera el silencio blanco. Del suelo helado no emerge voz alguna y las pocas aves que se dejan oír buscan refugio en las marañas de las orillas y las copas de los álamos: poco cobijo pueden dar las ramas desnudas

El catálogo sonoro es muy pobre. Cerca graznan unas cornejas, siempre ruidosas. Junto a ellas, blancas y negras como el paisaje, las urracas estallan en un alboroto. Por algún sitio, de arbusto a arbusto, pasa cacareando un mirlo.

No las vemos pero, pese al frío y lo temprano de la estación, una pareja de cigüeñas crotora en su nido. Acaban de llegar y ya alegran la atmósfera desapacible con sus aplausos.

De los árboles, en fin, sale el parloteo de un bando de estorninos negros, inmóviles, ateridos.

Y poco más.

Diccionario de aguazales

Aguazál.  El sitio baxo ú hondo, donde el agua llovediza se detiene.

Diccionario de voces españolas geográficas, 1796.

 

Se acaba de celebrar el Día Mundial de los Humedales, un recordatorio en estos tiempos en los que, por no respetar, no se respetan ni las aguas ni los espacios que las contienen. Las marismas del Guadalquivir, el Delta del Ebro, la Albufera de Valencia o las Tablas de Daimiel, entre otras, son algunas de nuestras más emblemáticas reservas naturales. Lo que en este país es sinónimo de espacios amenazados.

Pero el catálogo de humedales peninsulares es mucho mayor, va más allá de los grandes espacios con nombres consagrados. Una tupida red de lagunas, charcas, balsas, canales, salinas, tollas y albuferas empapa el territorio y sirve de reserva, tanto para el agua como para la vegetación y la fauna que nada, chapotea y deambula de unas a otras en sus viajes migratorios. Por desgracia el declive de este mundo encharcadizo es imparable y de muchos de estos lugares ya sólo queda el recuerdo y los nombres. Estos que siguen son sólo algunos, extraídos de una venerable obra, el Diccionario de voces geográficas españolas, editado en 1796 por la Real Academia de la Historia. Tiempos aquellos en que los paisajes del agua eran tan variados que se requería una mirada minuciosa para comprenderlos.

Marisma. El terreno bajo y anegadizo que suelen ocupar las aguas sobrantes de las mareas en los encuentros de estas con las aguas dulces en las grandes avenidas de los ríos cerca de su desembocadura.

Fangar. El terreno anegadizo que forma fango.

Cañaveral. El sitio donde nacen muchas cañas silvestres. Lo mismo quecañar. Y, por proximidad, almarjal, carrizal, espadañal, juncal, junquera eizaga, sitios poblados por almarjos, carrizos, espadañas y juncos.

Albufera. Laguna formada del agua del mar en las playas mansas.

Alfaque. Banco de arena que se forma principalmente en la desembocadura de los ríos;  se distingue de la barra en que sale más al mar.

Estero. El estrecho de tierra a que se extienden las mareas que entran en un río o en un recodo de la costa del mar.

Tablazo, tabla. Parte en que, por haber poca pendiente, el río corre más extendido y plano, de forma que casi no se nota su corriente.

Laguna. Es lo mismo que lago, con la diferencia de que es siempre considerablemente menor que este en profundidad y extensión. Si es temporal y se forma con las aguas llovedizas se denomina lagunazo.

Balsa. Depósito artificial en que se recogen las aguas llovedizas para abrevaderos de los ganados. Vale también  baña y bañil. Si el depósito es natural se denomina charca. Y si el agua está sucia, pecinal. Véaselavajo.

Lavajo. Charcas que se hacen alrededor de los lugares para recoger las aguas llovedizas, o de las avenidas de los torrentes, con destino las unas para abrevadero de los ganados, y las otras para lavaderos.

Llamazar, llama. Los terrenos pantanosos en que se detiene el agua manantial que brota en ellos. El agua puede ser también de escorrentía. Es lo mismo que budial y lodachar.

Paular, paúl. Sitio bajo y húmedo en que se detienen y estancan las aguas y queda después como pradeño. Es parecido a tolla, trampal y tremedal, terreno bajo y pantanoso, cubierto de hierba, que debe el nombre a la vibración que se produce al caminar por encima de él, lo que le diferencia de la simple ciénaga.

Lago. Espacio considerable de tierra cubierto de agua perenne, bien sea de ríos o de fuentes. Se diferencia de la laguna en que esta siempre es menor.

Lo que nos quede una vez que las aguas se hayan retirado también lo describe el diccionario: secarralsequerosecanosequía

En compañía de las grullas

El fuerte viento expande un griterío por los alrededores de la laguna de Gallocanta.

Al sur de la cuenca inundable, lejos del agua y cerca de la localidad de Bello, unas discretas casetas de madera estratégicamente colocadas sirven a los fotógrafos naturalistas –y, ya puestos, también a algún sonidista- para observar de cerca a unas pocas de las decenas de miles de grullas que invernan en estos fríos parajes.

Para atraer a estas aves, en las horas previas al alba los observadores esparcen alrededor de las casetas grandes cantidades de cebada; el suelo amanece tapizado; los fuertes vientos racheados diseminan el grano: las grullas se dejan fotografiar y a cambio cobran su salario.

Pero no son las únicas en responder a la oferta. En un largo día de observación, entre las patas de las grullas, sobreponiendo sus voces por encima del griterío reinante, numerosas especies acuden a hacer su cosecha.

La abundancia hace que se rompan todas las barreras y convivan pacíficamente aves provenientes de diferentes hábitats: patos azulones y demás aves acuáticas; zarapitos reales como representantes de las aves de los limos; bisbitas alpinos que bajan de las zonas altas para invernan en las estepas más frías de España… No pueden faltar los ubicuos córvidos y los estorninos negros, por bandadas, a quienes tanto les da un páramo que una arboleda.

Y toda esta reunión de comensales tiene lugar mientras a su alrededor las grullas, siempre envueltas en su propio ruido, picotean, gritan, se revuelven contra el viento y convierten sus peleas en estilizadas y ruidosas danzas.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza, el sábado 28 de enero de 2017.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2017/01/27/en-compania-de-las-grullas.html

La escala de los vientos

Todo tiene su medida. Incluso la fuerza del viento.

Nadie más interesado que un marino en conocer el estado de la mar. Y fue precisamente un marino, Sir Francis Beaufort, de la Armada Real, quien en 1805 ideó una escala en doce grados que le ayudara a medir las fuerzas contra las que se iba a enfrentar en alta mar.

En realidad la escala de Beaufort no medía la velocidad del viento, sino el aspecto de sus efectos; en el mar primero, en tierra después. Frente a las prosaicas y sin duda más precisas medidas en nudos o kilómetros a la hora, los marinos de entonces preferían guiarse por sus observaciones visuales: los rizos en las olas, su altura, la amplitud del vaivén de las ramas o las columnas de humo ascendiendo en el aire tranquilo. La traducción al español de los grados (ventolina, flojo, bonancible, frescachón, este para referirse a la mar gruesa…) dice mucho del temple de quienes viven acostumbrados a desafiar a los elementos desatados.

La escala de Beaufort se basa en la observación del paisaje. Y todo paisaje tiene su sonido.

Sin títuloPublicado en el audioblog El sonido de la naturaleza

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2016/02/13/la-escala-de-los-vientos.html

La llamada del lince

Una espera en el campo nunca decepciona. Cuatro largas esperas, desde el atardecer hasta la alta noche, no podían fallar y han dado como resultado la grabación de una de las voces más escasas, más esquivas, de la naturaleza ibérica. Al final de tanto aguardo en el monte se escucharon los maullidos de los linces en celo.

Las esperas han tenido lugar esta misma semana, bajo la primera luna del año, en una zona de olivares y barrancos en las estribaciones de Sierra Morena. Pero además de los linces, que hablaron poco y muy tarde, otros muchos habitantes de estos bosques alineados que son los olivares se manifestaron. Este es el resumen, en poco más de dos minutos y medio, de lo que se escuchó en esas cuatro largas y fructíferas noches.

Cae la tarde y  las últimas voces del día se refugian en las copas de los olivos: los reclamos metálicos de los mirlos, los relinchos ásperos de los rabilargos, los enmarañados chasquidos de petirrojos y currucas capirotadas, que suenan como si hicieran entrechocar unos guijarros. Lejos, ajea una perdiz.

Con la puesta de sol y la extensión de las sombras se produce el cambio de guardia. Maúllan los primeros mochuelos. El eco en la voz de uno de ellos dibuja los contornos de una vaguada.

Noche cerrada. Por toda la sierra se escuchan los ladridos desesperados de las rehalas de perros. Encerrados en jaulones, atados por cadenas, le ladran a la noche la desesperación por su perra vida.

Al mismo tiempo, libres y quizá por eso hambrientos, los ladridos de los zorros en celo llegan desde el fondo de las vaguadas. Dos búhos reales, cada uno en su territorio, pespuntean el silencio.

Más cerca, en las ramas de un olivo, los lirones caretos corretean, rompen las ramas, emiten unos sutiles quejidos.

Pasan las horas y el monte se aquieta; reina al fin un silencio casi perfecto. Ha llegado el momento. Desde el fondo de la oscuridad, muy lejos, llega una llamada, un grito por la supervivencia: maúllan y gruñen los dos miembros de  una pareja de linces en celo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2017/01/14/la-llamada-del-lince.html

¿Invierno?

Cae a tarde en los pinares del valle de Valsaín, en la Sierra de Guadarrama.

Empieza enero y los días anticiclónicos, de cielos altos y despejados son normales. No lo son tanto las altas temperaturas de las últimas semanas. A las noches de helada les siguen días templados, y aquí, en los pinares serranos, a 1400 metros de altitud, la atmósfera de la tarde suena a primavera.

El escenario debería estar en silencio. Pero canta, insistente, un carbonero garrapinos. Desde el bosque tamborilea un pico picapinos. Por las copas de los árboles revuelan y cantan los pájaros forestales: zorzales charlos, carboneros comunes y herrerillos, reyezuelos sencillos y agateadores comunes. Todos ellos deberían estar callados, ateridos y capeando la mala estación.

Al otro lado del valle, en una vaguada que a la mañana siguiente recibirá los primeros rayos de sol, se forma un dormidero de cuervos.

Contra el sol poniente, en el aire flotan hilos de arañas –los hilos de la Virgen- y nubes de insectos. El plancton aéreo que sirve de inesperado alimento a las aves insectívoras.

En dirección contraria, hacia el este, en el bosque crecen las sombras.

Y mientras los últimos rayos del sol se proyectan hacia el cielo, desde la espesura emergen las voces de un ave de la noche. Grita, inquieto, un cárabo.

Los tiempos, sin duda, están cambiando.