Aurrulaque 2018

Sierra de Guadarrama, donde el viento canta.

Este es el texto del Manifiesto del Aurrulaque, la concentración anual en la Pradera de Navarrulaque, en la que los montañeros de la sierra reivindicamos la preservación del Guadarrama. En este año, con voz queda, pedíamos respeto por el silencio de las montañas. 

Treinta y cinco ediciones ya, organizadas por Antonio Sáenz de Miera y, a partir de ahora, por la RSEA Peñalara. La sierra está en buenas manos.

Hablemos de paisajes sonoros, de la banda sonora de la Sierra de Guadarrama. En el año 1999 fundamos la Sociedad Castellarnau, de amigos de Valsaín y La Granja. Y elaboramos una declaración de intenciones en forma de decálogo (en realidad contenía once premisas, tantas como letras tiene el apellido Castellarnau). La segunda de ellas decía:

Apreciamos que la belleza del lugar no ha de verse mermada por actuaciones incorrectas. La belleza que queremos preservar habita tanto en los pequeños detalles como en los grandes espacios.

En esta sentencia se encuentra la entidad del paisaje sonoro, la suma de muchos elementos, pequeños detalles, para formar un gran espacio. Un gran concierto.

Este otro texto de Eduardo Martínez de Pisón, referido a los pinares serranos, resuena en la misma tonalidad:

El pinar a finales del invierno es en realidad la unión de la belleza de la silueta del tronco, del color tan identificador del ramaje rojizo, del crepitar que apenas se oye de su corteza, el paso entre las acículas de los pájaros, un trino lejano y otro próximo y distinto, el claro soleado, los brillos de las micas del granito en el borde de la senda, el sonido del agua, el centelleo de la cumbre nevada entre las copas, el gran bloque gris medio cubierto de musgo, el aroma de las plantas de la ribera o de la sombra, la permanencia de un elegante estilo de la naturaleza, el reencuentro con los recuerdos…

Belleza, crepitares apenas audibles, trinos lejanos, distintos, brillos, el sonido del agua, el reencuentro con los recuerdos… No se puede sintetizar mejor, con más elegancia, el concepto de paisaje sonoro. Esa es la actitud del que escucha, el que espera pacientemente, se acuerda de lo que ya vivió y busca refugio en las soledades. Unas soledades que siempre han anidado en las montañas y que cada vez es preciso buscar más lejos, más hacia el fondo de los valles que en las cumbres.

Al hablar de protección de la naturaleza, de la vida en los bosques, es un clásico citar a H.D. Thoreau, quien escribió cosas como que “cualquier sonido escuchado en la distancia produce el mismo efecto, una vibración de la lira universal”.

Pero yo siempre he preferido a John Muir, contemporáneo suyo, con una visión de la naturaleza muy interesante. Muir fundó el Sierra Club, empujó para la creación del Parque Nacional de Yosemite, creó la definición de parque nacional. Pero, sobre todo, se refirió al concepto de Última Frontera. Se refería a un espacio virgen, lejano, intangible, en el que descansaba la idea de lo sublime, la noción misma de la esencia de un país. Para John Muir esa última frontera era Alaska, el gigantesco e inaccesible territorio, la morada de la naturaleza salvaje.

Nosotros no tenemos esos grandes territorios boreales, pero, modestamente, tenemos la sierra. Para muchos madrileños, un espacio antes evocado que conocido: Siete Picos, Peñalara, Cuerda Larga, La Granja…

Una frontera simbólica, pues, pero que lleva al montañero, al naturalista, a buscarla no sólo tras los rincones más recónditos de la sierra, sino también en los momentos más serenos. Un viaje por el espacio, pero también por las horas, un recorrido con nocturnidades y madrugones, al lugar, no necesariamente muy lejano, donde el ruido aún no ha despertado y donde el viento (y los pájaros, y los anfibios, y los insectos) cantan.

Y, ¿qué silencios se escuchan en estas montañas? Pues esos “silencios que parecen sonoros” a los que hacía alusión Pío Baroja en su novela Camino de Perfección.

Sonoro es el silencio blanco de las nevadas, cuando todo se mueve pero nada suena. Sonoro es el murmullo de los valles, un rumor continuo formado por la suma de las voces de vientos y aguas, filtradas por la vegetación y atenuadas por la distancia. Silencio verde -serenidad, que es lo que en realidad queremos decir cuando hablamos de silencio-, es el viento largo que transporta el canto de los pájaros, la suma de muchas voces, diferentes mensajes, ninguno dirigido a nosotros, pero que nosotros interpretamos como la música del paisaje. Lo que incluye frases musicales-mirlos-, ritmo y compás- carboneros- y hasta percusión, en los tamborileos de los pájaros carpinteros que resuenan y convierten al bosque, al pinar, en un instrumento de percusión.

Desmenucemos un paisaje sonoro. Un pájaro que canta delimita su territorio; dos pájaros son un conflicto, una pelea a voces; todos los pájaros de un lugar, más el viento, más los crujidos de las ramas y el susurro de millones de hojas componen el concierto de un bosque. Un cencerro es una oveja; varios –piquetas, peseteras, zumbos- son un rebaño; junto a las voces del pastor y los ladridos de los perros sugieren una cultura, una forma de vida. Y un trueno que estalla en el cielo y retumba por las laderas rellenando todos los espacios y recovecos, esboza la imagen sonora de un valle.

Los sonidos del Guadarrama, los silencios, no resuenan sólo en el paisaje. También los encontramos en los textos. Ya hemos visto algunos ejemplos. De ese tipo de silencio, de sosiego, se ha escrito cuando se escribe de la Sierra. Pero, ¿quién reconocería hoy La Pedriza en esta descripción de Constancio Bernaldo de Quirós?:

Y apenas la noche ha suprimido las formas y el color del mundo y el paisaje, éste adquiere nuevos elementos de sensaciones hasta entonces relegadas por la luz a términos lejanos, casi subconscientes. Repentinamente el arroyo parece haber aumentado su caudal al oírsele más fuerte e insistente; el aire tiene vagos olores de esencias que emanan de excelsas lejanías silentes…

¿Quién, como José María Gabriel y Galán, recuerda una noche como esta?

Yo he pasado negras noches en la selva

recostado cabe el tronco de un abeto.

 Escuchando los rumores del torrente

  y los trémulos bramidos de los ciervos,

y el ahullido (sic) plañidero de la loba,

y las músicas erráticas del viento,

 y el insólito graznido de los cárabos

 que parece carcajada del infierno.

O esta de Pedro Fernández-Cocero, el mejor escritor de La Granja:

En torno a mi pequeña tienda de campaña, merodeos sigilosos sobre materia vegetal. Silencio sin fisuras, después. Y ahora la blanda conversación entre la brisa y la lona. En algún lugar, sin ubicación, el ulular de las aves rapaces, señoras de la tiniebla. Dilatada pausa. Una piña, que ha esperado esta hora para caer. Ha girado sin duda una térmica y el arroyo lejano dice por breves momentos que sigue allí donde lo sabíamos. El arroyo enmudece. Pirámides de ningún ruido.

Cerrando con algunos pasajes de Canción de las tierras altas, de Antonio Machado:

Lejos relumbra la piedra

del áspero Guadarrama.

Agua que brilla y no suena.

Allí hay barrancos hondos

De pinos verdes donde el viento canta.


El ruido

Hasta aquí la música. A partir de ahora, el ruido.

El sonido, además, nos permite observar nuestro entorno desde otra perspectiva. Podemos cerrar los ojos y dejar de ver. Pero no podemos cerrar los oídos y volvernos sordos a los mensajes que emite el paisaje. En cierto modo, la mirada nos coloca como espectadores en el borde del espacio; todo lo que vemos está enfrente y más allá de nuestros ojos. El oído, en cambio, es inmersivo, siempre nos coloca en el centro del espacio sonoro, envueltos por voces, murmullos, crujidos y silencios. El sonido no respeta los límites, sólo distancias.

Y esto es lo que nos cuenta.

La soledad sonora del Guadarrama está siendo asaltada desde todas las esquinas. Por arriba, al caer íntegramente bajo la sombra acústica del aeropuerto de Barajas, que según los vientos que dirigen a los aviones, utiliza –ironías- el puerto de Cotos como baliza de aproximación.

Por las carreteras, nieva, llueva o haga sol, avanza un rugido imparable que rellena el fondo de los valles de suciedad sonora.

Contra todo esto poco se puede hacer. Es el signo de los tiempos, dicen. Pero luego a ello hay que sumar otros pequeños “ruidos”. Los que proceden de ciertas actividades que, oídos uno a uno, pudieran parecer murmullos pasajeros pero que, en conjunto, aportan nuevos estruendos. Las aglomeraciones en determinadas zonas, las carreras de montaña masificadas, la competición para hollar más alto, más lejos y más fuerte… y a ser posible en tropel. Si un caminante, un corredor o un ciclista son sólo un punto, una carrera es un trazo, una ráfaga.

Hay otro tipo de “ruido”, que no suena, pero que impone mutismo a la sierra. Es la luz, la luz nocturna que derrochamos a manos llenas y que enciende los espacios más oscuros con el halo lechoso de los vapores de sodio. Y bajo esa luz espectral las aves nocturnas callan, se retiran, de día empujadas por el ruido, de noche por la claridad artificial. Un cerco que se cierra y que desde hace años cuenta con una cabeza de puente en lo que debería ser el corazón de las tinieblas, la iluminación del puerto de Navacerrada que, como una mancha, interrumpe los perfiles negros de las montañas nocturnas.

Y todo esto en un Parque Nacional, donde, al menos sobre el papel, las prioridades deberían estar claras. Pero lo cierto es que el futuro de la sierra es un enigma.

Porque un Parque Nacional no es garantía de nada.

El de Ordesa y Monte Perdido se fundó hace ahora cien años para preservar el bucardo pirenaico, extinguido hace unos años.

En La Montaña de Covadonga, donde, por cierto, se inauguró la política de compartimentación en la cogestión al ser ampliado a Picos de Europa, ha pasado un siglo sin templar en la guerra entre ganaderos y lobos. Lo malo es que ahora el PN parece que ha cambiado de bando.

Las Tablas de Daimiel no son dos ríos que se desbordan en la llanura manchega, sino una represa. Paradójicamente, uno de ellos, el Guadiana, ya no nace en los Ojos, sino en la cabecera del Tajo, a través del trasvase al Segura.

Sierra Nevada lucha por no ser una sucursal de Solynieve.

El Archipiélago de Cabrera es cada vez más un fondeadero de yates.

Las Islas Atlánticas de Galicia deberían cambiar su nombre por el de Playas Atlánticas de Galicia.

El Teide es el primer destino turístico de naturaleza de España.

¿Y Guadarrama…?

Lo dicho, un enigma. Porque aquí se puede estar trazando el futuro del significado de un Parque Nacional. Así como hace un siglo se pensaba en la sierra como modelo (educativo, regeneracionista, higienista), parece que hoy en día la sierra también puede servir de inspiración, de modelo para la gestión de los espacios naturales, sometidos a la presión intensa de una ciudadanía ansiosa por escapar, siquiera por unas horas, de sus barreras. Y la sierra, que fue barrera para tantas avalanchas, puede que no sea capaz de soportar esta.

Y todo esto se produce porque ha tenido lugar un cambio de paradigma. El éxito de la gestión de un espacio protegido se mide ahora por el número de visitantes. El placer de una visita, por las facilidades para llegar hasta el final con el menor esfuerzo. El resultado es la trivialización de lo sublime. En la Sierra cabe mucha gente; en el ruido no cabe el silencio.

Cambios climáticos

¿Y qué más? Lo peor que está por venir. Otra oleada. Las temperaturas suben, los veranos empiezan cada año un poco antes, de manera que aquí, en la sierra, en los últimos treinta años la llegada de la temporada estival se ha adelantado tres semanas. El aumento de las temperaturas es visible en la reducción de los neveros, en la sequedad de los ventisqueros. Las lluvias se concentran, las tormentas veraniegas son raras. Y el paisaje sonoro cambia. La composición de la orquesta varía. Algunas especies, las más resistentes, se dejan oír cada vez más. Otras, mas sensibles, discretamente callan. En las zonas tranquilas, por las noches, aumenta el número de cárabos, pero cada vez se oyen menos, y por menos tiempo, los ronroneos de los chotacabras. En las praderas de la rampa se escucha cada vez menos el bordoneo intenso de las abejas, la base de tantas cosas. La termoclina sube, y con ella llegan nuevas voces. Podría parecer una buena noticia, pero el canto nocturno de los ruiseñores, tan refrescante, asciende ladera arriba hasta puntos donde, al menos yo, no había reparado en ellos. Y no, definitivamente, no es una buena noticia la incorporación al concierto natural del pinar de Valsaín, a 1.200 metros de altitud en la cara norte, fresca y umbría, de un sonido tan asociado al calor veraniego como el de las cigarras, las “chicharras”. Si, como se suele decir, el sonido es un termómetro, no hay mejor indicio de la subida de las temperaturas que la aparición de este sonido estridente, de dientes de sierra, que nos recuerda el significado de la palabra “achicharrarse”.

De momento todo ello ruidos que –salvo el de los aviones- ascienden desde el fondo de los valles. La altitud y las pendientes de las montañas siempre han sido su defensa. Hasta que la gente decidió aceptar el desafío.

¿Y qué pinta un naturalista metido a técnico de sonido denunciando este pandemonium? Poca cosa, o nada. Una voz contra muchas, ni siquiera un contrapeso.

Para terminar volveré a nuestro manifiesto fundacional, el punto once de nuestro decálogo:

        Utilizaremos el debate y la polémica, pero sin olvidar el buen gusto y el respeto al               otro, actuando siempre bajo los dictados de la libertad y el buen humor.

Pues lo dicho. A correr, a trepar y a triscar por las veredas de la sierra. Con una sonrisa y, por favor, en silencio.

Carlos de Hita, Valsaín, julio de 2018.

Venticuatro horas de escucha en El Aljarafe.

 

El resumen de una grabación continua de venticuatro horas en los pinares de la comarca sevillana de El Aljarafe, al noreste de Doñana, entre los días 4 y 5 de abril de 2018.  De las fantasmagorías de los cárabos en los primeros momentos de la noche al amanecer de milanos negros, cucos y demás aves forestales. Del silencio de la alta noche a las horas más ruidosas del mediodía. Y hacia las 14.00, pasado el minuto 6 del vídeo, se produce una sorpresa. Está algo lejos y apenas dura unos segundos: cuando menos se lo espera gruñe un lince.

En el reino del hielo. Una historia comparada

En el reino del hielo.

El terrible viaje polar del USS Jeannette.

Hampton Sides, Editorial Capitan Swing.

La historia, seguro, os suena a muchos. Una expedición polar, un barco de madera atrapado en la banquisa de hielo, noche eterna, frío amargo, grandes chasquidos y estremecedoras fuerzas de compresión, la nave hecha astillas y una tripulación abandonada a su suerte, a cientos de kilómetros de tierra firme; se abre entonces una carrera contra reloj para superar el hielo antes de la fusión con la llegada del verano. Pero no, no es lo que estáis pensando. Cambiad de hemisferio, de la Antártida al Ártico, haced retroceder la fecha unos 35 años, a 1880. Cambiad también la nacionalidad, británicos por norteamericanos. Y los protagonistas, Sir Ernest Shackleton y el HMS Endurance por el teniente George De Long al mando del USS Jeannette.

Esta es la epopeya ártica que relata Hampton Sides en el libro En el reino del hielo. Un viaje de exploración que zarpa bajo un falso supuesto, la creencia firmemente extendida de que las aguas del Polo Norte eran navegables a través de un Mar Abierto Polar, protegido por una anillo de hielo pero con accesos practicables, puertas térmicas abiertas por las corrientes cálidas del sur. Por una de ellas, en el estrecho de Bering, debería colarse el Jeannette, “navegando cuesta abajo hacia el Polo”, según expresión de un capitán ballenero que, ironías de la navegación, también se encontraría con su destino en los hielos. La decepción no pudo ser más contundente.

Muy pronto el barco quedó atrapado. Dos inviernos después las enormes fuerzas de compresión lo reducirían a astillas, dando comienzo a una epopeya que acabaría cuatro meses después, a más de mil millas en las costas siberianas, en el delta del río Lena, un mundo de agua, barro y hielo más inhóspito que las llanuras polares. Como los hombres de Shackleton, también la tripulación del Jeannette pasó por todo tipo de dificultades, aunque en eso los británicos tuvieron alguna ventaja, ya que tras ellos, en la Antártida, no merodeaban los osos polares. En ocasiones el avance de la dura marcha hacia el sur era anulado por la deriva de la banquisa hacia el noroeste; en otras, para compensar, los hielos flotaban en la dirección adecuada. En el libro hay momentos de lirismo poco frecuentes en este tipo de aventuras, como la aparición de una mariposa que anuncia la proximidad de una isla, confirmada por el murmullo lejano, más allá de la niebla, de las voces de cientos de miles de aves marinas en las colonias de cría. Tres años después de zarpar de San Francisco, con los expedicionarios separados en tres grupos por una terrible tempestad, llegaron las primeras noticias. No todos sobrevivieron, dos terceras partes de los marinos, entre ellos el comandante De Long, se quedaron por el camino, en tierra siberiana. Su principal logro, tristemente, fue desmentir una idea geográfica absurda.

Cuesta imaginar por qué esta epopeya ártica, tan similar en heroísmo y crudeza a la otra, es tan desconocida. Quizá la expedición británica se produjera en el momento álgido de los viajes polares, con toda la atención volcada en el seguimiento de los repetidos intentos de Scott, Shackleton, Amundsen y demás. Quizá la exaltación del fracaso, el héroe derrotado que se niega a arriar la bandera, casara poco con el espíritu positivo de la entonces joven nación americana. Y, quizá, también faltó la presencia de un fotógrafo como Frank Hurley para alimentar la memoria con imágenes del barco congelado o de los marineros arrastrando los botes sobre el hielo. Las pocas placas fotográficas tomadas en el Jeannette se hundieron con él (También quizá por eso las tres figuras de la portada de esta edición sean miembros de otra expedición, la británica del Nimrod, en una fotografía tomada por el mismísimo Ernest Shackleton en el punto de máximo avance, a la latitud de 88º 23´… Sur).

El libro intercala la narración lineal de la expedición con interesantes apuntes paralelos. La financiación a cargo del excéntrico editor del New York Herald, James Gordon Bennet –el mismo que envió a Stanley en busca del Dr. Livingstone, supongo-, el estado de las ciencias geográficas de la época –pseudociencias, en algunos casos, como quedó trágicamente demostrado-, la cartografía, las técnicas de navegación o la etnografía de las comunidades indígenas del Ártico. En este sentido hay un pasaje impresionante, oscuro y tenebroso, en el que un joven John Muir, el que sería padre de los movimientos por la conservación de la naturaleza en América, que participa en una de las operaciones de rescate, describe la consulta a los chamanes de una tribu del Yukón sobre la suerte de los náufragos. A diferencia de los geógrafos, el oráculo boreal acertó en el pronóstico.

Con todo, en el libro se plantean tres cuestiones de absoluta actualidad. En el último tercio del siglo XIX los barcos enviados en su búsqueda ya buscaban indicios de los exploradores perdidos analizando la basura y los restos de naufragios varados en las playas árticas. Y eso que aún no había empezado la edad del plástico. Además, se constata cómo la caza intensiva de focas, ballenas y morsas en el Ártico supuso la extinción, en muy pocos años, de las culturas indígenas. Inuits, chukchis, yakutos, aleutianos y otros siguieron tras la caza industrial el mismo camino que los indios de las praderas con la extinción de los bisontes. El Mar Abierto Polar, en fin, esa quimera de los geógrafos de entonces, va camino de convertirse en realidad  como consecuencia del calentamiento global.

 

Biofonías. Las imitaciones del estornino negro

Las imitaciones del estornino negro, un paisaje sonoro en la garganta. Sabemos, porque él mismo nos lo cuenta, que vive en una zona rural rodeada de sotos y matas arboladas. En una larga parrafada incorpora las imitaciones de algunas de las aves con las que comparte espacio vital: cigüeña blanca, gorrión común, cuco, grajilla, corneja, chova piquirroja, milano real, oropéndola, mochuelo y autillo. En la secuencia, el montaje muestra primero la imitación y, a continuación, la voz del imitado. En ocasiones la copia es perfecta; otras, como en el caso del cuco, parece una burla.
El estornino negro reinterpreta la banda sonora de su propio entorno.