La escala de los vientos

Todo tiene su medida. Incluso la fuerza del viento.

Nadie más interesado que un marino en conocer el estado de la mar. Y fue precisamente un marino, Sir Francis Beaufort, de la Armada Real, quien en 1805 ideó una escala en doce grados que le ayudara a medir las fuerzas contra las que se iba a enfrentar en alta mar.

En realidad la escala de Beaufort no medía la velocidad del viento, sino el aspecto de sus efectos; en el mar primero, en tierra después. Frente a las prosaicas y sin duda más precisas medidas en nudos o kilómetros a la hora, los marinos de entonces preferían guiarse por sus observaciones visuales: los rizos en las olas, su altura, la amplitud del vaivén de las ramas o las columnas de humo ascendiendo en el aire tranquilo. La traducción al español de los grados (ventolina, flojo, bonancible, frescachón, este para referirse a la mar gruesa…) dice mucho del temple de quienes viven acostumbrados a desafiar a los elementos desatados.

La escala de Beaufort se basa en la observación del paisaje. Y todo paisaje tiene su sonido.

Sin títuloPublicado en el audioblog El sonido de la naturaleza

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2016/02/13/la-escala-de-los-vientos.html

La llamada del lince

Una espera en el campo nunca decepciona. Cuatro largas esperas, desde el atardecer hasta la alta noche, no podían fallar y han dado como resultado la grabación de una de las voces más escasas, más esquivas, de la naturaleza ibérica. Al final de tanto aguardo en el monte se escucharon los maullidos de los linces en celo.

Las esperas han tenido lugar esta misma semana, bajo la primera luna del año, en una zona de olivares y barrancos en las estribaciones de Sierra Morena. Pero además de los linces, que hablaron poco y muy tarde, otros muchos habitantes de estos bosques alineados que son los olivares se manifestaron. Este es el resumen, en poco más de dos minutos y medio, de lo que se escuchó en esas cuatro largas y fructíferas noches.

Cae la tarde y  las últimas voces del día se refugian en las copas de los olivos: los reclamos metálicos de los mirlos, los relinchos ásperos de los rabilargos, los enmarañados chasquidos de petirrojos y currucas capirotadas, que suenan como si hicieran entrechocar unos guijarros. Lejos, ajea una perdiz.

Con la puesta de sol y la extensión de las sombras se produce el cambio de guardia. Maúllan los primeros mochuelos. El eco en la voz de uno de ellos dibuja los contornos de una vaguada.

Noche cerrada. Por toda la sierra se escuchan los ladridos desesperados de las rehalas de perros. Encerrados en jaulones, atados por cadenas, le ladran a la noche la desesperación por su perra vida.

Al mismo tiempo, libres y quizá por eso hambrientos, los ladridos de los zorros en celo llegan desde el fondo de las vaguadas. Dos búhos reales, cada uno en su territorio, pespuntean el silencio.

Más cerca, en las ramas de un olivo, los lirones caretos corretean, rompen las ramas, emiten unos sutiles quejidos.

Pasan las horas y el monte se aquieta; reina al fin un silencio casi perfecto. Ha llegado el momento. Desde el fondo de la oscuridad, muy lejos, llega una llamada, un grito por la supervivencia: maúllan y gruñen los dos miembros de  una pareja de linces en celo.

Publicado en el audioblog El sonido de la naturaleza http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elsonidodelanaturaleza/2017/01/14/la-llamada-del-lince.html

¿Invierno?

Cae a tarde en los pinares del valle de Valsaín, en la Sierra de Guadarrama.

Empieza enero y los días anticiclónicos, de cielos altos y despejados son normales. No lo son tanto las altas temperaturas de las últimas semanas. A las noches de helada les siguen días templados, y aquí, en los pinares serranos, a 1400 metros de altitud, la atmósfera de la tarde suena a primavera.

El escenario debería estar en silencio. Pero canta, insistente, un carbonero garrapinos. Desde el bosque tamborilea un pico picapinos. Por las copas de los árboles revuelan y cantan los pájaros forestales: zorzales charlos, carboneros comunes y herrerillos, reyezuelos sencillos y agateadores comunes. Todos ellos deberían estar callados, ateridos y capeando la mala estación.

Al otro lado del valle, en una vaguada que a la mañana siguiente recibirá los primeros rayos de sol, se forma un dormidero de cuervos.

Contra el sol poniente, en el aire flotan hilos de arañas –los hilos de la Virgen- y nubes de insectos. El plancton aéreo que sirve de inesperado alimento a las aves insectívoras.

En dirección contraria, hacia el este, en el bosque crecen las sombras.

Y mientras los últimos rayos del sol se proyectan hacia el cielo, desde la espesura emergen las voces de un ave de la noche. Grita, inquieto, un cárabo.

Los tiempos, sin duda, están cambiando.

Un calendario lunar

Doce lunas, doce páginas del calendario sonoro de la naturaleza.

La luna de enero es la del búho real y la garza.

La de febrero es del búho chico, el zorro y el sapo corredor.

La de marzo es la del alcaraván en el suelo y el mochuelo en su olivo.

Durante la luna de abril llega el tiempo del urogallo, del corzo y  de la becada.

Bajo la de mayo canta el ruiseñor.

Plenilinio en junio, con el paíño en su roca y  la pardela cenicienta sobre el mar.

En julio le silba  a la luna el autillo; junto a él matraquea el chotacabras pardo.

En la de agosto gruñe el calamón, se ríe el zampullín y no calla ni una sola rana.

La luna de septiembre es la de la berrea y el sapo partero.

En octubre, la luz fría ilumina la ronca del gamo y el viaje otoñal del cárabo.

En las noches de noviembre chapotean en sus reflejos el avefría y las grullas viajeras.

La de diciembre es la luna del lobo.

Sobrevolando el otoño

Bosques mixtos en los alrededores de La Granja, en Segovia.

Una franja continua de árboles poblada de voces pasa bajo nuestro punto de observación. El tapiz está formado por una masa de pinos silvestres, robles melojos, alisos, chopos lombardos, álamos, cedros, cipreses y hasta algún haya. Y sobre sus copas, entre las ramas o desde el suelo, bajo las sombras, se oyen los reclamos de los más tenaces del otoño: el martilleo de los mirlos, los trinos y crepitares de los petirrojos, el carraspeo de un chochín, el reclamo regañante de un carbonero común, los silbidos de un bando de estorninos, el tuiteo de los trepadores azules, unos graznidos ásperos de arrendajos, las voces rotas de cornejas y cuervos, los gritos restallantes de grajillas y chovas piquirrojas…. El otoño en los bosques llega a su fin. Pronto nevará y el silencio blanco envolverá el paisaje sonoro. Pero, mientras duren los colores, durarán las voces forestales del otoño.

En el estanque dorado

 

No es exactamente un estanque, sino la corriente de un río detenida en un azud, una represa de piedra. El otoño avanza y en las orillas las arboledas viran del verde al amarillo.

El agua quieta casi no suena, apenas deja oír un leve oleaje. Pero a cambio se convierte en un espejo que refleja todos los colores del otoño.

En estos días el paisaje sonoro se empobrece a medida que el visual se llena de nuevos colores. En las copas de los chopos silban los estorninos negros, que armonizan  con el arrullo seco de las palomas torcaces. De las marañas de las orillas emergen las llamadas contenidas de los mirlos. Y desde una ciudad que no vemos, tañen las campanas.

Algunos patos, reunidos en la serenidad del agua quieta, animan el espacio sonoro con sus voces. Se llaman patos azulones, pero aquí, iluminados por la luz amarillenta de los chopos, la directa y la reflejada en el agua, parecen dorados.

Crepitan los chopos de la orilla. Con la brisa, las ráfagas de hojas amarillas añaden colores al río. El río que alimenta a los patos. Los patos que, al nadar, arrastran en su estela los colores del otoño.

El agua es el río Eresma; los árboles, la alameda del Parral; la ciudad que no vemos pero que deja oír sus campanas, Segovia.

Guías de aves

She laments, sir(…)

her husband goes this morning a-birding.

 William Shakespeare, The merry wives of Windsor

Sólo hay algo que le guste a un naturalista tanto como las propias aves. Las guías de aves.

Pequeños libros ilustrados, a menudo del tamaño de un bolsillo, en los que, ordenadas sistemáticamente, rebullen cientos de aves, sus imágenes, mapas, descripciones y, ¿por qué no?, sus voces y cantos.

Guías siempre gastadas, desencuadernadas, llenas de anotaciones, manchadas por el uso en mil excursiones que empiezan al amanecer y terminan con el crepúsculo. Excursiones que, gracias a ellas, se prolongan un rato más en casa, mientras las manoseamos al repasar la cosecha del día.

Hay guías de todo tipo. Generalistas, dedicadas a todas las aves de una región geográfica; o especializadas en grupos concretos, como anátidas, rapaces, aves marinas o nidos y pollos, entre otras. Cada aficionado a las aves tiene su propia colección, sus preferencias. La más famosa es la Guía de campo de las Aves de España y de Europa, la célebre y apreciada guía de Roger Tory Peterson, que abre con la cita de William Shakespeare que se recoge más arriba. Aunque para mí la “guía” siempre ha sido la de Hermann Heinzel.

Las imágenes que ilustran este blog proceden de una de las más bellas, el Manual de las Aves de Europa de Lars Jonsson, editada, como casi todas, por Omega.

Para quien quiera escucharlo, el concierto de las aves también resuena entre las páginas de las guías de campo.

Comederos de pájaros

En otoño comienzan los tiempos de escasez . En los bosques, sobre todo en las montañas, los pájaros se reúnen en bandadas y deambulan sin descanso en busca de comida. En el borde de un pinar, en un jardín, unos comederos artificiales, bien provistos de pipas de girasol y bolas de grasa con semillas y trozos de fruta, atraen la atención de todos los habitantes de un amplio sector del bosque.

Cualquier recipiente vale para una comida apresurada: espirales para las bolas de sebo, tubos de rejilla para las pipas, casetas de madera, pero también cocos, piñas y hasta medias naranjas vaciadas, sirven para dar de comer al hambriento.

Esta especie de comedor social lleva ya varios meses abierto, por lo que las aves aceptan sin reparo la proximidad de unos micrófonos. A través de ellos oímos hasta los más mínimos detalles del vuelo, las garras y las voces de los comensales.

Con tiempo seco o bajo la lluvia, en días tranquilos o en plena nevada, sobra la comida y la actividad es intensa, tanto que el sonido principal es el zumbido de las alas menudas al batir. A lo largo de varios días de observación la lista de invitados incluye trepadores azules, carboneros comunes y garrapinos, herrerillos comunes y capuchinos, lúganos, mirlos y petirrojos.

La berrea de los ciervos

Llega el otoño, ha caído algo de agua, las noches refrescan y el celo no puede esperar. La berrea de los ciervos se manifiesta con toda rotundidad contra el fondo negro de la noche, cuando la vista no sirve y el oído lo cuenta todo. Los bramidos de los venados, muy fuertes ahora que están empezando, retumban en la oscuridad. El sonido reverbera contra las rocas, contra las laderas pendientes de una vaguada.

La tensión sube. Un ejemplar, con la voz bronca de un gigante -posiblemente un macho con ancestros centroeuropeos, de una raza mayor que la ibérica-, rompe las hostilidades, y ahora son los testarazos, los choques de cuerna contra cuerna, los sonidos que restallan contra las rocas.

El otoño acaba de empezar. La berrea lo confirma.

 

Escondidos tras las cañas

Vuelo rasante sobre un cañaveral. Un vocerío emerge de entre carrizos y espadañas. En pocos sitios las aves se esconden tanto y a la vez se manifiestan tan claramente.

Como telón de fondo, el roce de los carrizos y el zumbido de una buscarla unicolor, un pájaro que parece un insecto.

Entre las cañas gruñen y chillan los calamones, trompetean las fochas, chillan las cigüeñuelas, relinchan los zampullines. Y cuando la masa de carrizos se espesa, todo el paisaje sonoro se resume en esto: el matraqueo de los carriceros comunes y tordales.