El eco en la piedra

La historia natural de nuestra península fue pintada hace milenios, con los colores de la piedra y el carbón.

¿Qué te impresiona más? ¿El fulgor instantáneo del rayo o la luz de la candela que, sostenida en la mano, tiembla en la sima durante milenios?

Joan zinen

Benito Lertxundi

Ostrero euroasiático, velocidad variable.

Noche del 5 al 6 de enero, Noche de Reyes en la Boca do Río, la desembocadura de varios arroyos en la laguna de Caldebarcos, al extremo de la ensenada de Carnota. Marea baja, la luna reflejada en el meandro del río Vadebois, que resiste al borrado de la marea. Mi mar ni costa, ni agua ni tierra: la hora de las aves limícolas. Mientras picotea en el fango, un ostrero parece molesto con otro y le lanza lo que los ornitólogos llaman «respuesta de picoteo», «piping display». Al nombrar estos comportamientos, los etólogos no siempre se dejan llevar por la imaginación. La grabación, muy cercana, está hecha con una alta tasa de frecuencia de muestreo, el equivalente acústico a la alta velocidad del vídeo, por lo que al reproducirlo ralentizado se pueden apreciar matices y modulaciones que, en una escucha normal, pasan desapercibidas. A «cámara lenta» la llamada del ostrero se alarga, baja de frecuencia y, por momentos, recuerda a la del zarapito real. En general, las aves cuentan con una agudeza auditiva temporal muy superior a la nuestra. Por eso, hay que suponer que, ya que se toman la molestia de emitirlos, en estos detalles las aves codifiquen algún tipo de información.

Audiometría de un ruiseñor

Frecuencia, amplitud, tesitura, duración, estructura armónica, velocidad, timbre, tempo, modulación de frecuencia, intervalos y envolvente, todo está ahí, en el sonograma y la forma de onda. Pero ni analizándolas todas juntas esas magnitudes añaden nada a la sensación de escuchar el canto nocturno de estos pájaros en el campo. Además, ninguna de ellas, salvo el tiempo, interviene en la que es su auténtica huella sonora: el uso de las pausas, que intercala entre dos frases y a través de las que, por un instante, el ave deja que suene la noche. Esas pausas son la medida de la maestría de los ruiseñores para la puesta en escena.

Doñana, secar un humedal

¿Cuál sería la expresión contraria a “llueve sobre mojado”? Podríamos decir que “no llueve sobre secado”, un juego de palabras que describe muy bien lo que, desde hace años, sucede en las marismas del Guadalquivir y todo el entorno de Doñana. La sequedad es ya endémica, la disminución natural de las lluvias está llevando al límite la capacidad de resistencia de un paisaje que, incluso en años de pocas precipitaciones, debería ser más barro que tierra.

No llueve en Doñana, es cierto. O no lo hace lo suficiente. Pero la sequedad previa no es solo consecuencia de la falta de lluvias. Al margen de algún lugar privilegiado, como el arroyo de La Rocina que desemboca en La Madre de las Marismas, la sobreexplotación del agua, los bombeos, legales, ilegales y en lista de espera, están transformando tanto el entorno que se seca hasta lo que siempre estuvo mojado. Uno de los aportes principales, el caño del Guadiamar, es hoy un cauce cuarteado, polvoriento. La marisma entera es un secarral infinito. Tan solo algunos lucios, como el de Cerrado Garrido, sobreviven con agua bombeada directamente del acuífero subterráneo. La conservación de Doñana  requiere medidas de emergencia, como esta, que consisten en agudizar un poco más el problema para mantener a este espacio con vida.

Todo lo que se ve y suena está cargado de simbolismo. Tiempo atrás, en años de lluvias, las llanuras marismeñas eran un guirigay de gansos, patos, grullas, garzas, limícolas y anfibios. Hoy día predominan el silencio y el viento, pespunteados por los cantos de las aves esteparias.

En los cañaverales solo crepitan los tallos resecos de la vegetación. Un observatorio destartalado sobre un cauce muestra hileras de aves acuáticas sobre el terreno polvoriento. En el horizonte el aire reverbera y difumina los perfiles del ganado que rebusca por la tierra baldía.

Pero sí hay agua, y su exhibición es ofensivamente notoria. Detrás de las mallas metálicas y las alambradas de espino, bajo la mirada de las cámaras de vigilancia, las bombas extraen agua del subsuelo y rellenan las inmensas balsas de riego. Por todas partes el ruido de los motores se confunde con el de los aspersores que, a plena luz del día y pese al estado de emergencia por sequía, siguen haciendo llover en unos campos a costa de negar a otros su derecho a la vida.

Estas imágenes y sus sonidos fueron grabadas a finales de febrero, durante uno de los inviernos más secos que se recuerdan. Lloverá, si es que no la hecho ya, y el barro volverá. Pero ha quedado claro que, en caso de necesidad, las prioridades en el reparto del agua están decididas.

(Publicado en la sección Cuando el agua suena, El Ágora Diario del agua).

El rugido del volcán


Tremor volcánico. Un término que contiene todos los ruidos, las vibraciones, las exhalaciones y estampidos de un mundo en formación.
 
Llegué a La Palma de noche y lo primero que vi fue un cielo rojo, encendido con luces que venían de las tinieblas del centro de la tierra. Y una montaña incandescente, regada de piroclastos, que parecía fundida en cristal líquido. Ahí estaba condensado todo:  el origen de los materiales que conforman la isla, los futuros campos fértiles sobre los que arraigarán pinares y laurisilvas. Pero también, sobre todo, la desgracia, mayor por inesperada, de las poblaciones aplastadas bajo las coladas, asfixiadas por los humos, divididas sus vidas para siempre en dos mitades separadas por un muro infranqueable.
 
En los siguientes días me alejé todo lo que pude de las zonas concurridas, de las voces de la gente, para acercarme desde el silencio al sonido del volcán. Con micrófonos ultradireccionales y potentes teleobjetivos, para registrar los profundos suspiros, la respiración de un gigante incapaz de modular su voz. A casi dos kilómetros de distancia el bramido del volcán es tan fuerte que se perciben claramente los múltiples ruidos que forman el conjunto. Cada movimiento suena, las exhalaciones de piroclastos, los borbotones de magma, el soplo de los gases, estampidos colosales, estrépitos de derrumbe. De vez en cuando el gigante calla y, por momentos, se escucha el arrastre de la colada. Un rumor lleno de matices, de rocas como casas recién expulsadas del cráter, que ruedan despacio, con chasquidos sordos; el material está blando y las deformaciones de cada golpe absorben el impacto. Todo en un tempo lento que transmite, sin embargo, sensación de velocidad, de derrumbe inminente.
 
Tras las calmas el ruido crece y crece y parece que tiene la suficiente energía acumulada para hacerlo sin límite. Ni siquiera un temporal en el mar, una tormenta en la alta montaña, transmite esa sensación de fuerza infinita.
 
Sin embargo, a esa distancia el pinar no está del todo en silencio. Los troncos de los pinos, requemados, quién sabe si por el soplo de esta erupción o por otros fuegos menores, se levantan sobre un suelo tapizado por una capa de lapilli que parece una nevada en negativo. Ni rastro de la espesa capa de pinocha que tapiza estos bosques. Y por todas partes las huellas de cuervos y lagartijas; los primeros decidieron quedarse a rebuscar en el paisaje transformado, las segundas sin posibilidad de escapar. Contra el gran estruendo, de vez en cuando, el parloteo alegre de un bandito de canarios, los chasquidos de las chovas, los gritos de algún cernícalo. Y, por increíble que parezca, en la noche, la dulce llamada de los grillos sobresale por encima del tremor volcánico.
 
Cumbre Vieja, La Palma, 17 y 18 de octubre de 2021.